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Carla Vanessa
Nacionalidad:
Perú
E-mail:
yo.carla@gmail.com
Biografia

Carla Vanessa

Carla Vanessa estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, Perú graduándose como bachiller. Siguió un posgrado en Escritura Creativa en esa misma casa de estudios en el año 2016. Escribió el poemario Sueños de Carla, publicado en línea en el año 2002. Asimismo, ha publicado, desde 1992 a la fecha, poemas sueltos en diversas revistas y ha participado en recitales como el conmemorativo a la muerte de Javier Heraud en mayo de 2018, y en otro tanto organizado por la Academia Peruana de la Lengua: “La Academia y la poesía”.

 

Claroscuros

A mi hermano Eduardo

Primer claroscuro

 

Nacimos en el año de la estrella.

La revolución del campesino

que dejó de comer de su pobreza eclipsaba.

Empezaba otra

Pero nosotros solo sabíamos del rugoso brazo de la silla de comer

del viejo calendario de letras grandes y de números,

de la luz de la tarde entrando por esa puerta farol

que nos dijo cómo era el claroscuro por primera vez,

y del dulce olor de la avena preparada por la abuela

(y más olorosa ella cuando nos ofrecía su amor).

Y mi mamá yéndose a estudiar mientras se estaba

a hurtadillas haciéndose sombras en el vitral de la puerta lámpara

tragada ante mis ojos por el universo todo que aún no me dejaban conocer.

Y mis lágrimas en desolación pidiendo que vuelva.

Luego se hacía de noche y mi rostro bebé se envolvía

Como un tímido capullo

A esperar nuevas ausencias entre las sábanas

Y las otras estrellas.

II

era la época del sol

de las ventanas blancas

y de las puertas bordeando

incomunicables caminos

que nuestros mayores se sabían de memoria.

Nuestra casa estaba cubierta

por nuestros sueños

y al pie de la cama

dormían con nosotros

las estrellas y los pájaros.

 

Segundo claroscuro

Ahora he vuelto.

Sentada en una silla que no es la de comer, en otra mesa,

con otro calendario colgando en otro milenio

todo es lo mismo y ya no.

Me abraza el claroscuro –viejo conocido- y sus luminosos

poemas envueltos por la noche de la tarde

en la entrada incandescente y sagrada

en que vi partir a mis mayores.

(Fuego fatuo de mis primeros años).

Ya no están las voces que poblaban de amor la casa.

El silencio ha tomado las riendas por asalto:

la sala, el pasillo, los cuartos,

el viaje sin retorno

del que volví para escucharte por última vez.

Crecimos y nos volvimos hombres cultos,

lógicos,  obtusos, incrédulos.

Vimos el mundo,

Pero nos despojamos del mar y de las joyas primigenias

de que hablaban los libros

de nuestra enorme

biblioteca.

El tiempo nunca había existido

Pero terminamos conociendo los relojes.

 

Poema

 

Tú te cruzas en la curvada estrella

del vaso roto o el espejo en fruición hartada asada amada anclada

de mis ojos vacuos como cántaros cansados del ir al río y venir,

de mí exhaustos cada vez que me asomo en plomo

a acariciar tu piel de escamas, cerviz de niño el guiño

sin uña del fauno que baja a susurrarme entonces cuándo

altura inmensa, prensa, aplástame el corazón o sonrojaré todo lo que esté

a mi alcance por no tocarte, por hablar del falso amor o el verdadero

Y no acusarte ante los tribunales de la invocación & el regocijo

que tú no existes ni que yo, ni ese beso

que flotó entre los altos pastos del palacio al que entramos

sin permiso pedir

pues negados de este mundo inmundo estamos, lleno de odios y de arcángeles

vigilando sus puertas para que no entremos,

sin tiempo ni lugar para el aquí y el ahora

otrora

la línea paralela que un día se abrió para nosotros.

 

 

Sueño de Lázaro[1]

La luz es una risa lustrosa y falsa

que golpea mi casa de cortinas,

y de mantas enormes en que mi cuerpo

toma la forma que tú quieras:

la de un ángel,

un alero y su cabestrillo

en el que un dios se puede sentar,

una cajita para guardar tus sueños.

Pero la luz es una piedra gigante y despiadada

que se mete en mi cuarto,

arroja sus pliegues,

incendia sus ángulos agudos,

golpeando mi cara.

Quiero ser agua entre las nubes,

quiero ser sombra entre las ramas,

no quiero tus dientes ni tus perlas,

ni la alegría de los que se creen vivientes

y me abrazan.

Échame de esta torre en que fue asesinado

el último príncipe,

échame sortilegio que me arropas

entre la tierra y el cielo,

Di recuéstate Lázaro,

No te levantes.

 

 

 

Niño no nacido[2]

 

 

Mira

la

luz:

yo

te

la

había

de

dar

con

mis

ojos.

 

 

Yo no conozco el infierno [3]

 

Yo no conozco el infierno

Mas he sentido sus duras manos

Mas he penetrado sus húmedas carnes

Porque no se puede amar ante una flor de rodillas

Yo no conozco el infierno

 

Ya no  me queman los fuegos

Mas he subido sus duras crestas

Mas he tocado su vientre azul

Que me ha dejado un rumor de carbones como labios

Yo no conozco el infierno

 

Pero sentada la torre,

Doblado el caballo,

Echado el obispo,

Muerto el soldado en una sed mortal de escaques

 

Ya no me queda fuego para volverme vientre

Ya no me queda flor para sentirme carne

Ya no me queda pierna para subir la cresta

 

Ya no conozco el infierno.



[1] Del poemario Sueños de Carla, publicado por primera vez en línea (en la fenecida página web Geocities) en 2002 y de pronta publicación impresa.

[2] Poema publicado en Bosque de Letras, antología de la maestría en Escritura creativa–UNMSM, Lima, 2019.

[3] [3] Del poemario Sueños de Carla, publicado por primera vez en línea (en la fenecida página web Geocities) en 2002 y de pronta publicación impresa.

 

 

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