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Yuniesky Osorio Ortiz
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
Biografia

Yuniesky Osorio Ortiz.

(La Habana, 21 de diciembre 1984)

Aunque imagino versos quizás desde antes de la adolescencia y algún que otro apunte quedó atrapado en algún cuaderno, no es hasta hace poco más de un año que andando con premura pero sin entorpecer la sencillez de este mundo, me decidí a buscar y llevar al papel los apuntes, físicos o en la memoria. En mi haber más de treinta poemas, que abordan indistintos temas y que no dicen más allá de lo que por una u otra razón me inquieta como ser pensante.

 

Guerra de los Elementos

Vamos a la guerra

donde empezamos a cambiar como egregios

donde quebramos nuestras piernas del inicio

donde tomamos las riendas de la lucha.

Vamos a la guerra

donde se nublan los ojos pequeños

como luciérnagas en el día

donde la casa queda con el silencio enmudecido

donde se desnudan los velos insepultos

donde el incendio es voraz y la lluvia tempestuosa no pasa.

¿Vamos a la guerra?

 

El sarcasmo del silencio

Alguien dijo una vez

que no volvería a decir lo que dijo

pero lo dijo.

Alguien dijo que no debió decirlo nunca

pero lo dijo.

Alguien dijo que no lo diría dos veces

pero lo dijo.

 

La inexistente barrera.

Más allá de la sustancia

las grietas no cicatrizan para quedar como antes.

No importa los trazos que las cubran,

en el indetenible mundo

no importa cual visibles sean,

cada quien almacena las suyas.

El secreto es integrarse en el polvo,

fundirse en el tiempo,

crecer en la roca y hacerse anónimo.

En la inexiste frontera de la tierra

y en la nueva planta que germina

no te esfuerces cada quien tiene las suyas.

 

Sea el Mar para Bolivia.

Qué no se vaya el mar de las costas de Bolivia

no con la punta de la espada

como lo haría el libertador

sino con el pecho descubierto y rasgado

mostrándole al mundo las heridas del saqueo.

Las manos hablan, buscan las víctimas

que huyen del cóndor para sanarse en el mar.

Los peces claman por Bolivia

y las migajas del pasado

 desbordando los bolsillos de las embarcaciones

dando banquetes a sus familias.

Cómo olvidar las casas que hoy cubren las rocas

y bordean desde la multitud la bahía de Antofagasta,

esas son las huellas desde el río La Plata y el Cerro Potosí.

Otros son los palacios de tesoros que florecen el océano,

otros los cubiertos que aguardan en las casas

tras el sudor de los mineros en las pacíficas aguas del oeste.

Claman las vides del Sajama y los Nevados Ojos del Salado

con el pecho contraído como húmeda esponja que se escurre

Se oirán tus voces en la santidad del Lago Titicaca

en el dulce reclamo de la brisa, en lo torvo del viento que regresa

y en el mar que se nutre del sabor salado de las lágrimas.

 

Qué sea el mar y no el hombre.

Sagradas sean todas las luchas

y de una misma cara apréstense a la guerra

cuando la “mita”, dé la causa común de la batalla.

Hoy sea el mar en su escucha perenne de reclamos

quien se lance sobre las costas chilenas en susurro eterno.  

Qué sea el mar el grito a los oídos sordos

y a los corazones que laten en la arritmia de la indiferencia.

Desde la Paz

rugen las algarradas de la tierra que te diera el Padre

desvaneciendo la mirra de tus piedras en otras manos.

Pero aquí estamos, porque nueva es la América

que reclama el sabor salado de Bolivia

con la palabra en los ojos y en la boca

trasquilando otro vellón para la higuera.

 

 

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