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Jose Baroja
Nacionalidad:
Chile
E-mail:
jose.baroja.escritor@gmail.com
Biografia

José Baroja

José Baroja (Ramón Mauricio González Gutiérrez) nació en Valdivia, Chile, en 1983. Actualmente vive en Talca donde se desempeña como docente de literatura universal y literatura española en la Universidad Católica del Maule, además de realizar distintas labores en el ámbito de las letras.  

Baroja, a la fecha, ha publicado cuatro libros de relatos y un poemario, además de participar en varias antologías. Los títulos de sus textos son El hombre del terrón de azúcar y otros cuentosUn hijo de perra y otros cuentosEn memoria de Don Trementino MarabuntaEl curioso caso de la sombra que murió como un recuerdo y otros cuentos y Sonatas.

Cabe mencionar que el año 2015, José fue galardonado con el primer lugar en el XIII Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro y el 2014 con una mención honrosa en el certamen de poesía Nuevas voces para la Paz.

 

EL HOMBRE DEL TERRÓN DE ÁZUCAR

Para mi querida Agustina

(Texto aparecido en El hombre del terrón de azúcar y otros cuentos. Segunda edición. Ediciones Escaparate: Concepción, 2018.)

 

“El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta”.

Pablo Neruda

 

El viento abrió de golpe la mampara de vidrio. Un minúsculo cartelito que decía “abierto” estuvo a punto de sucumbir por el vaivén; pero no cayó. No era la primera vez que una violenta brisa saludaba a los clientes de ese local del centro de Santiago. No obstante, a veces, ella se dejaba acompañar por algún consumidor habitual o, si había suerte, por un nuevo comensal. Sin duda, había una complicidad casi mágica entre el fenómeno eólico y el éxito del pequeño local, ubicado, como la tradición reza para estos lugares, cerca de Merced. O, al menos, así lo recuerdo.

En efecto, recuerdo es la palabra, ya que recuerdo que esa tarde, si es que ya era tarde, el viento abrió de golpe la mampara de vidrio. Un incidente común para la mayoría de quienes, después del trabajo, degustaban un café y una medialuna; pero no así para un niño de actitudes inocentes que acompañaba a su bonita madre. Tampoco para mí, no tan inocente. No, definitivamente, ni para ese niño ni para mí, fue tan común lo que sucedió. Después de todo, yo escribiría este relato años más tarde; mientras que él haría notar a su escéptica madre, solo unos minutos después de que el viento abriera de golpe la mampara, el místico ingreso de un hombre de curiosa vestimenta. Así pasó, según recuerdo.

“Místico” sería la interpretación que yo hago ahora de ese sujeto. En el momento, seguramente lo vi como un hombre extravagante, como muchos, vestido de azul y acompañando al viento. Recuerdo, además, que él usaba un bastón, un sombrero de hongo y unas colleras con forma de océano, entre otros detalles que quizás lo hubieran hecho destacar a primera hora de la mañana, especialmente en el tren subterráneo de Santiago, pero no al final de la jornada laboral, donde el Mundo parece convertirse en una representación de autocomplacencia. Y para qué andar con rodeos, tan extraño no parecía en una calle como Merced.

Recuerdo que este peculiar hombre, tras ingresar al local, se ubicó en una esquina, en una pequeña mesa con una sola silla, imperceptible para la mayoría, y pidió un café. Recalco que imperceptible para la mayoría, pues recordarán que un niño sí lo había notado. Niño más despierto que cualquier adulto que conozca, a cualquier hora del día, y quien, pleno de curiosidad, no podía dejar de observar a este particular sujeto desde el momento mismo en que entró. Además, estaba sentado casi frente a él. Sus gestos, sus gesticulaciones, la forma en que sacó un pañuelo dorado y lo posó sobre la mesa, eran tan impecables que aún me extraña que nadie más lo notara. Sí, podría decir que tuvimos cierta complicidad con aquel pequeño de unos seis o siete años. Yo entonces tenía veintisiete.

El hombre hizo un gesto preciso, vale decir, como todo lo que él hacía desde que el viento lo había invitado a pasar: un dedo alzado, casi como un asta de bandera, solicitaba una atención. De inmediato, una guapa mesera de pelo oscuro y ojos vacíos se le acercó con una taza de café: no había pedido nada más, interpreté. Delicadamente, ella lo colocó sobre la mesa. Luego, miró al cliente sin mirarlo y se fue contoneando sus caderas hacia el interior del negocio. El hombre solo se dedicó a observar la mesa desde que había bajado el dedo solicitador. Aunque, un gesto del pequeño, a quien yo también observaba de reojo, me avisó de un leve brillo en las pupilas del curioso hombre.

El hombre vestido de azul, con un bastón, con colleras ahora color de océano, un sombrero de hongo y una particular sonrisa, llevó su mano al bolsillo derecho. Solo un espectador, además de mí, seguía el movimiento de esa misteriosa mano cuando sacó un terrón de azúcar para acto seguido colocarlo sobre la mesa. Casi de inmediato, el hombre solicitó otro café con su delgado dedo alzado como si del pabellón patrio se tratara. Sí, como leen, ni siquiera había probado el primero, ni realizado movimiento alguno por este: seguía allí, intacto, inmaculado sobre la mesa del local. Entonces, la coqueta mesera llevó otro café. Ni siquiera preguntó, ni le extrañó la actitud del cliente, simplemente ignoró cualquier pregunta que pudiera haber nacido de su ahogada curiosidad. Probablemente, las excentricidades de quienes visitaban el local le daban exactamente lo mismo, en especial si a estos los acompañaba una gloriosa propina.

El acto se repitió siete veces. Siete tazas con café hasta el borde se sirvieron, pero ninguna fue tocada por él. Cabrá mencionar, que también fueron siete veces las que el hombre vestido de azul, con sombrero de hongo, bastón y corbatín llevó su mano a uno de sus dos bolsillos, sacó un terrón de azúcar y lo posó sobre la mesa. Lo curioso era que el resto del local parecía absorto en una especie de sonambulismo, en que nada más existía fuera del breve espacio designado con base en la promesa de un pago servicial. No crean que el niño no había intentado llamar la atención de su madre, pero ella había respondido encantadoramente “sí, que bonito hijo”, por lo que todo intento de más auditorio había sido infructuoso.

Yo observaba. El pequeño también observaba cómo siete tazas de café irreprochables eran distribuidas por este “místico” sobre la brevísima mesa del local que lo albergaba tras haber sido invitado por el viento. En efecto, ambos contemplamos cómo sin sacarse siquiera el sombrero de hongo, el hombre había extraído del bolsillo de su chaqueta azul un compás, una escuadra y una regla y había comenzado a medir la distancia que había entre una taza y otra. Si alguno hubiera prestado atención, habría notado que él intentaba que la distancia entre cada una de estas fuera idéntica y que la luz se distribuyera de forma igualitaria. El café se enfriaba, pero él solo hacía movimientos de satisfacción al ubicar las tazas en el lugar previamente dispuesto.

El viento sopló de nuevo. La mampara se movió. Nadie entró. De todas formas, a nadie le importaba algo de lo que sucedía ni fuera, ni dentro. En cambio, el niño no se perdía detalle de lo que hacía este hombre. Por ello, no se perdió el momento en que tan hipnotizante sujeto echó un terrón de azúcar en cada taza de café. El gesto técnico fue de una precisión maravillosa. El brazo, el codo, la muñeca, la mano y los dedos parecían estar coordinados de manera perfecta, hasta el punto de que pese a la distancia entre cada taza, daba la impresión de que el hombre no había hecho ningún movimiento innecesario. El niño observó cómo salpicaba un poco de café desde cada tacita al recibir el dulce regalo.

Repentinamente, el hombre se quitó el sombrero. Puso sus brazos sobre la mesa y miró fijamente hacia la profundidad de las tazas. Apoyó su barbilla sobre las manos y sonrió mientras esperaba. Luego silbó y esperó. Volvió a sonreír. El niño estaba expectante. La madre solo aguardaba que el tiempo pasara. El Mundo alrededor ya estaba inconscientemente muerto. Recuerdo que, probablemente, solo yo fui capaz de ver en el niño que algo pasaba sobre la mesa de aquel hombre; sin embargo, tengo la certeza de que ese algo ocurrió. El pequeño me ayudaría después a completar mi relato.       

El muchacho se refregó los ojos. Asombrado llamó a su madre, quien, complacientemente, miró al hombre de azul, pero no vio nada. Rápidamente regresó a lo suyo pidiéndole al pequeño que se comiera lo que habían pedido o se enojaría con él. El niño sonrío con una mueca de por medio. Miró fijamente al hombre en busca de respuestas. De súbito, notó nuevamente cómo un pececito de colores había saltado de una taza a otra; aun había gotas de café sobre la mesa. El pequeño no podía creerlo, el hombre no dejaba de sonreír. ¿De dónde había salido? Yo aquí me limito a transcribir lo que el niño me contaría haber visto.

Incrédulo, el pequeño no apartó la vista hasta convencerse de que era una Verdad. Nuevamente, con el mismo impulso y velocidad, el pececito de color saltaba hacia la otra taza de café. El salto era idéntico, lo que explicaba la preocupación del misterioso hombre de que todo estuviera dispuesto de forma precisa. No una, catorce veces lo volvió a hacer. Catorce veces brillaron los ojos del niño. Yo lo vi, en él. Entonces, el pequeño no se aguantó las ganas, bajó de su asiento y se acercó al sujeto del bastón. Su madre no lo notó.

El hombre no dijo nada: solo lo miró. Llevó su mano al bolsillo: ¡Un terrón de azúcar! El pequeño se alejó sonriendo, pues tenía el dulce secreto entre sus manos. Ávidamente comenzó a organizar las cosas en su propia mesa: había aprendido algo nuevo del Mundo y quería apropiarse de ello. Movió la sal, la copa de helado que su madre le había comprado, el café de ella… Todo parecía dispuesto. Por eso fue especialmente triste cuando escuchó un “qué estás haciendo”, un “pórtate bien”, “los niños buenos no hacen eso”. Triste, porque se vio obligado a guardar en el bolsillo de su pantalón el mágico regalo para evitar así que este terminara en un amargo café. Craso error, porque en su casa, al echar el pantalón en la lavadora, nada quedaría.

Repentinamente, recuerdo que la garzona se acercó a la mesa del hombre con un papel. Esto sí lo vi. El niño observó cómo ella se enojaba ante el movimiento negativo de la cabeza del elegante caballero, del “mágico” hombre, quien ahora mostraba unos bolsillos vacíos. Unos minutos después, unos hombres de verde entraban antes que el viento moviera la mampara, lo tomaban con poca gentileza de los brazos y se lo llevaban con la misma velocidad con la que entraron. Nadie se percató, ni se enteró de lo que había sucedido, excepto el niño con un terrón de azúcar en sus pantalones. Luego, me diría que siguió observando cómo un pececito de colores saltaba de taza en taza en la bandeja con los trastos sucios que una ofuscada mesera llevaba hacia la cocina.

Recuerdo que cuando me acerqué a completar lo que hasta entonces era solo un acto de fe, su madre solo atinó a señalar que hay gente muy “patuda” en este mundo, que pide café y no es capaz de pagar. Yo no olvidé. El niño tampoco.

 

 

SOBRE LA EXTRAORDINARIA MEMORIA DE ERNESTO FAUNDEZ SANHUEZA

(Texto aparecido en Un hijo de perra y otros cuentos. Ediciones Escaparate: Concepción, 2017.)

 

 “Saber olvidar, más es dicha que arte”.

Baltasar Gracián

 

Recuerdo muy bien a Ernesto Faundez Sanhueza. Famoso personaje nacido allá en Curicó, un lejano 4 de agosto de 1966. De contextura más bien delgada, alto de estatura, ojos oscuros, incluso algo intimidantes, de conducta un poco antisocial, destacaba, desde muy pequeño, por tener una memoria que sobrepasaba, con suma facilidad, la media de cualquier habitante de la ciudad y, me atrevería a decir, probablemente del país.

 

En efecto, su excelente memoria nos llevó a que, durante un largo tiempo, lo llamáramos, directamente, “Funes”. En respeto a su historia, habrá que mencionar que él nunca estuvo de acuerdo con dicho sobrenombre, pues, según entiendo, nunca leyó nada de Borges, o bien, prefería pasar desapercibido para el común de los mortales. Creo, sinceramente, que la segunda fue la razón principal, ya que, a ciencia cierta, nunca ambicionó salir de la Región del Maule y, en consecuencia, nunca lo hizo.

Aun así, todos en la ciudad recordamos las proezas que Ernesto realizaba en el colegio. Sumamente memorable fue aquella vez en que, solo para no escribir lo que la profesora insistía que anotáramos en nuestros cuadernos, por cierto, con una caligrafía divina y una ortografía de santo, memorizó y repitió tantos poemas, que toda la atención de la clase recayó sobre él. El acto fue tan portentoso que la misma profesora, tras el sorprendente suceso, en más de una ocasión lo llevó al centro del patio del colegio para que repitiera, a viva voz, todos los versos que con pasmosa facilidad salían, una y otra vez, de su pequeña boca.

Ciertamente, desde entonces, Funes se convirtió en toda una celebridad; aunque, vale decir que, para la mayoría, del modo en que podría serlo un fenómeno de circo. De todas formas, el avispado director se tentó, durante un largo tiempo, a promocionar la institución como un nicho nacional de superdotados, con el objetivo de aumentar exponencialmente la matrícula durante los próximos años. Por fortuna, la madre de Funes, tras enterarse de la motivación de nuestra desagradable autoridad, se negó, por lo que el “caso de los poemas” terminó inscribiéndose solo dentro de la memoria colectiva.

Ya en la universidad, la memoria de Ernesto era tan prodigiosa que, durante varios semestres, se encargó de memorizar las respuestas de un incontable número de exámenes para así compartirlas con nosotros. Nosotros cooperábamos activamente en parte de ese proceso, al descubrir que algunos profesores, año a año, no realizaban cambios en sus evaluaciones o, simplemente, reorganizaban las preguntas para que parecieran nuevas. Al saber esto, nosotros, sin mucho ingenio, las conseguíamos con estudiantes de semestres anteriores, se las entregábamos a Ernesto y este, finalmente, hacia lo suyo.

Por lo anterior, no es de extrañar que, más allá de nuestra labor recopiladora, Funes aprovechara su increíble memoria para establecer un fructífero y clandestino negocio; famoso sobre todo entre los estudiantes menos “duchos” en estas cuestiones de esforzarse. Y así fue, pues durante dos años, su fama creció tanto que, en algún momento, desde otras universidades e institutos, muchos comenzaron a solicitar sus servicios generándose así una especie de red de información tan amplia que ninguna computadora de principios de los noventa hubiera podido igualar.

La sorprendente alza de calificaciones en, al menos, tres universidades y dos institutos de tres regiones, obligó a las autoridades a investigar la situación. Incluso algunos diarios del Maule se atrevieron a destacar las altísimas evaluaciones obtenidas durante los últimos semestres como la prueba irrefutable del incremento en el coeficiente intelectual del estudiante chileno promedio. Lo dicho, sin olvidar que esto había sido obra y gracia de las políticas educativas impulsadas por la Junta Militar. Dicho de otro modo, los uniformados al servicio intelectual del país.

Lo extraño de esto fue que, ante la buena noticia, sorprendentemente ningún académico quiso asumir alguna cuota de responsabilidad. Especulo que esto se debió a que, al descubrir a Funes, simplemente quisieron pasar desapercibidos para así no destacar su propia mediocridad. No obstante, después de dos años y medio, Ernesto abandonaría, misteriosamente, la carrera. Yo sabría muchos años después que una serie de presiones institucionales lo obligarían a retirarse, elegantemente, por decirlo de alguna manera, aceptando un trabajo especial como “respaldo humano” de documentos de la biblioteca de la universidad. Cargo importante, ya que, en esos tiempos, las quemas accidentales de documentos solían ocurrir. De todas formas, nos consta que Ernesto nunca volvió a pisar el campus universitario.

Leyenda o no, cuento o no, puedo dar constancia de que su memoria era tan extraordinaria que quienes lo conocíamos obviábamos utilizar nuestras cabezas, cada vez que requeríamos un número telefónico y él estaba cerca. Lo mismo hacíamos cuando íbamos a algún local de Curicó, ya que no teníamos necesidad de ver la carta, pues Ernesto ya sabía de memoria nombres y precios de casi cualquier restaurante o bar dentro de la ciudad. Recuerdo que cada vez que llegábamos a alguno de estos, él levantaba su mano para hacer algo extraño con los dedos, luego esperaba el gesto del mesero de turno, quien corroboraba con el pulgar hacia arriba si había cambios en la carta o con el pulgar hacia abajo si no era así. Nunca, en el tiempo en que participé de esas reuniones, cometió un error.

Así era Funes, un memorión impresionante, tan real que el cuento de Borges bien podría ser considerado un texto realista. Así era, digo, porque un día, Ernesto comenzó a olvidar. Y no como nosotros que olvidamos de forma accidental o, simplemente, porque nuestro cerebro desecha aquellas cuestiones que no son tan relevantes para nuestra supervivencia. No, el comenzó a olvidar de una forma sistemática e intencionada. Libremente, decidió destruir su don, moviéndose así de lleno contra su propia naturaleza. La razón: algunos sospechaban que su deseo surgió conscientemente al notar las posibilidades reales de que su cerebro recordara todo, casi en un acto de reconocimiento de su propia limitación humana. Sin embargo, debo decir que no. El verdadero motivo tuvo que ver con aquello que nos hace decidir por la intencionada estupidez, sin importar quiénes somos ni que tan inteligentes fuimos.

A Diego Rebolledo lo conoció a principios de los noventa cuando ambos tenían entre veinticuatro y veinticinco años. Músico, cantante, hombre talentoso y apuesto, de no mucha estatura, pero con una voz capaz de hacerlo gigante a la vista y desearlo tan intensamente como si fuera el más grande galán de todos, simplemente, lo flechó. Nunca, en nuestras vidas junto a él, lo vimos como esa noche, tan cariñoso frente a otro ser humano, tan amoroso frente a nosotros, sus amigos de siempre. De hecho, esa primera vez en la que nos los presentó como su “amor” resultó para todos una verdadera sorpresa, pues a Diego ya lo habíamos escuchado cantar en Talca y bien recordábamos que, entonces, Ernesto se había mostrado absolutamente indiferente ante ese alguien que a todas luces dominaba el escenario. Te confieso que la mayoría de nosotros creía que Funes era asexual, por ello, jamás lo habíamos imaginado con pareja, menos con un hombre. No obstante, ese día, en casa de Bárbara, hicimos un notable esfuerzo para que no se notara nuestra extrañeza.

Sin embargo, recuerdo algo más importante de esa noche: fue la primera vez que Ernesto olvidó algo. La verdad es que el presenciar ese olvido nos sorprendió mucho más que cuando llegó con su pareja a la reunión. De todas formas, nunca estuve seguro de si, en dicha ocasión, lo hizo adrede para que Diego participara del grupo o fue un indicio de lo que vendría después. Aun así, sí estoy seguro de que nuestras caras evidenciaron la sorpresa de que, por primera vez, olvidara algo. Aunque, cabrá agregar, esto ayudó a que lo de la “pareja” resultara totalmente insignificante: ¡Ernesto había olvidado algo! Lo siguiente, solo fueron risas generalizadas, muchas cervezas y una velada agradable entre amigos de toda la vida y en la que se hacía explícito el amor que sentía Ernesto por Diego; aunque no podría asegurar si era mutuo. A la mañana siguiente, despedidas, la típica promesa de vernos todos muy pronto y la ignorancia sobre lo que le depararía el futuro a nuestro querido y extraordinario amigo Funes.

Como bien sabemos, esa famosa promesa tiende a no cumplirse y, en nuestro caso, no fue la excepción. Por lo mismo, me disculpo, sinceramente, por las imprecisiones que pudieran reconocerse a continuación. Según he recogido de varias fuentes cercanas, la decisión de Ernesto comenzó cuando él y Diego terminaron su fugaz y apasionado amor. Al parecer, nuestro Funes cayó directo en una especie de foso de autocompasión y sufrimiento, tras alejarse del que él suponía el amor de su vida. Sin haber estado ahí, lo entiendo, pues el solo hecho de atreverse a presentarlo como pareja, a todo el mundo, conociendo su difícil personalidad, evidenciaba que lo que Ernesto sentía por Diego era intenso.

Por ello, cuando lo encontró en la cama que habían comprado a medias, mirando una película en el televisor que juntos habían pagado, comprendo que debe haber sido una imagen tan chocante, que a lo único que atinó el pobre Ernesto fue a gritarles, a echarlos de la casa, mientras tomaba un cuchillo y se ponía a destripar el colchón que tantas veces habían compartido. Fue un momento de locura, sin duda, pero, en ese instante, solo estando en el pellejo de Funes, podríamos entender el porqué lo hizo.

Lo que siguió fue un corto y severo proceso de degradación. Más de alguien podrá corroborar que Ernesto se dejó llevar por el alcohol. Mi abuelo siempre me decía que hay dos razones para beber: desinhibirse u olvidar. Él comenzó a hacerlo por lo segundo, en un intento suicida por desprenderse de la imagen de Diego, por quitar de su mente portentosa cualquier rastro de este músico que lo había dejado en fragmentos. Sin embargo, el proceso debe haberle resultado muy lento e ineficiente, pues lo que él necesitaba era olvidar de manera rápida y definitiva. Simplemente olvidar, como en aquella película de extenso nombre protagonizada por un grandioso Jim Carrey. Así que una vez que descubrió que no lo lograría mediante whisky, vodka, pisco, absenta, se vio forzado a buscar otra alternativa que llevara su cerebro desde la memoria absoluta a la nada consoladora.

Si bien la memoria de Ernesto era en sí misma extraordinaria, pese al resultado final, compartirán conmigo que igual o más extraordinario fue que solo haciendo gala de una voluntad impresionante, un día cualquiera, Funes comenzara a olvidar sistemáticamente. En efecto, tras descubrir de manera definitiva que el alcohol no lo ayudaría a olvidarse de Diego, regresó a su departamento, el 421 si no me equivoco. Se sentó en su incómodo sillón. Descubrió frente a él, sobre una silla, un sombrero de copa, una corbata y unos zapatos desgastados que no utilizaba hace tiempo y que heredaría a un amigo. Se concentró en un punto de la pared. Imaginó la nada y comenzó, poco a poco, a olvidarse de la realidad. Por boca de él mismo, supimos que lo hacía dogmáticamente durante cada día de la semana. Al principio, pareció una broma, una ridiculez; pero al final ya no reímos más.

Sorprendente fue darnos cuenta de que tras dos semanas, Ernesto ya no era capaz de nombrar ningún color. Cuando conversamos con él acerca de esto, creíamos que nos tomaba el pelo, mas cuando le preguntábamos por los colores, un poco en juego, un poco en serio, simplemente te miraba con una cara absurda de interrogación. De inmediato, nosotros hacíamos el intento de nombrarle el color. Al anticiparlo, él se tapaba los oídos y comenzaba a balbucear cualquier cuestión sin sentido, con el objetivo de no regresar el concepto a su cabeza.

Así es como, a las cuatro semanas, Funes había olvidado los números, por lo que pronto no pudo hacerse cargo de cuentas, de dinero, de nada que implicara contar. A los tres meses ya no lo vimos más. Después nos enteraríamos de que no tenía forma de salir de su casa, pues no recordaba siquiera cómo caminar. Nos vimos forzados a internarlo en un psiquiátrico, pues ya no era capaz de valerse por sí mismo. Lamentablemente, Diego seguía dentro de él. 

Hace un par de semana lo visité. Ya son cuatro años desde que Ernesto Faundez Sanhueza, quien pudo ser hijo ilustre de Curicó, comenzó un triste, pero sorprendente proceso de olvido. Me costó reconocerlo allí postrado, sin palabras, sin expresión, sin movimiento, sin nada. Quien fuera el portento de la memoria, quizás a nivel del personaje de Borges, ahora parecía ser un disquete formateado, o bien, se había convertido en una simple ameba en este ejercicio de olvidar.

De todas formas, hice el intento de comunicarme. Durante treinta minutos, me senté a su lado a leerle Un hijo de perra y otros cuentos esperando observar siquiera un movimiento. Nada pasó; excepto cuando ya cansado me acerqué para despedirme. Entonces, me encontré en sus ojos. Parecían a punto de llorar. Después, el milagro. Una sola palabra, quizá la única palabra en su memoria, la última que pronunciaría: “Diego”. Entonces supe que su intento había sido un fracaso. 

 

 

IN MEMORY OF THE SOUL OF TREMENTINO MARABUNTA

(Texto aparecido en antología Alien minds)

 

"The whole life of a man revolves around the heat. The man fears the cold: cold food, cold woman, cold clothes, cold wind".

Manuel Rojas. Hijo de ladrón

 

Trementino Marabunta loved to cook. In fact, don Trementino, over all the activities that an artist could have devoted himself to, had long since opted for the one he loved most: cooking. This, even though, throughout his life, there are witnesses to this, he only knew how to cook a single hot dish; one and nothing else. However, in his defense, it must be said that every time he cooked it, every time he served it, the taste, smell and texture of his masterpiece transmitted to the lucky diner, feelings so varied, so intimate, that the only hot dish seemed to multiply towards infinity.

At that moment, at that very moment when the taste buds came in contact with the precious treasure, many smiles were not long in coming. Especially, among those who were its main critics, who, without even knowing it, revealed pupils so dilated that, surprisingly, seemed to cover the entire eyeball; besides, the anxious movements of the mouths and hearts beating very strongly, always accused of wanting a little more. Perhaps, after eating with Trementino Marabunta, that one hot dish, created with so much passion, more than one would conclude that a single dish of food can equal all the hot dishes that have been served since the beginning of time. Undoubtedly, Trementino Marabunta loved to cook.

 

-What did he cook? -You'll wonder right away. The answer itself is complex. The most superficial people, more "adult", more comfortable in this role, perhaps will say, with arrogant security, that the only dish of Marabunta was a simplicity: rice with ground meat. It is even possible, as I have seen happening on more than one occasion, that these people will despise the graciously served warning that anyone, in this and any reality, would be able to cook something so insignificant. However, there are also those with more heart, who are far removed from the obtuse routine, those who resemble the children he always served them with so much affection. They, and only they, always managed to notice that every hot dish, from our beloved chef, had a different flavor.

Undoubtedly, for most of us, it was magical that their rice so explicitly remembered the sweets that a few days ago we had stolen, with obvious talent, from a small supermarket in the neighborhood. Others imagined that this should be the taste of a filet mignon, of those seen in the movies, but that they can hardly be known in the real world. The most daring ventured to talk about manna, about the biblical story that one morning at Sunday school, a lady of ancient smells had told us. In this, God had provided his chosen people with this delicacy when they were hungry in the desert; hunger, something so recognizable among us, the privileged diners of Marabunta. I think that, in part, we saw him as that god provider or, at least, his eyes made us think of him on more than one occasion. God was good.

Unlike the children he served to, Trementino lived with his father and mother throughout his childhood: he, a serious Mathematics teacher; she, an intelligent housewife. Undoubtedly, those who knew him at that time will be able to affirm that he was a child who liked to play in the street, run and run like those madmen who are missing in adulthood, full of joy and without absurd worries and who, of course, enjoyed small things that, at that time, were enormously wonderful. Maybe it's right to say they still were.

Don Trementino Marabunta did not miss the opportunity to tell us many stories about life, hoping that we would believe that they were absolute truth. I remember one time he told me about a man who came into a café and turned a lump of sugar into a fish: I didn't believe him, because he wasn't a child to believe in those things anymore, yet he seemed to believe it. I would have even dared to say that he was the man with the sugar cube. However, I can conclude that Trementino Marabunta remembered and relived with love how beautiful his childhood had been. If you ask your closest friends or family members, they will agree with me.

Mr. Trementino knew how to cook infinite plates of hot food, at least - and that's the important thing - said the children with whom he shared, voluntarily and free of charge, in that "home" where children without a father or mother, or badly called criminals, waited for some light of affection; even among those corridors that led to cold rooms of recurring loneliness. Marabunta knew this and, therefore, the two times he visited us during the week, he made an effort to ensure that the food had that one element that could not be missing.

Once, a priest visited our "home", with the aim, of course, of tasting our hero's food. Certainly, the comments about him had spread and generated some curiosity among the most skeptical. The expectation was very high: the ecclesiastic expected to find a gourmet dish, worth all that fuss. I remember his surprised face very well when in front of him he only found a humble dish of rice with ground meat. I also remember how he grumbled without even trying a bite. Which contrasted, almost immediately, with the happy face of my companions -and mine-, after putting the fork in my mouth: "Mine is pizza!" "It tastes like mashed potatoes in here!" "What delicious fries!" It seemed crazy, but in truth, the flavors multiplied, while Trementino's eyes shone before us like those of a god.

I'll take a chance to say that that glow came from his past. His childhood was beautiful, and he enjoyed sharing a moment of it with so many children, through that unique dish of hot food that he cooked so well. It is likely that if he were asked to remember any negative moments before the age of eighteen, he would only smile, raise his shoulders and say in his calm voice,"I was happy. Which was your favorite dish at that time? As you can guess, dear reader, the rice with ground beef that his mother prepared smiling and that he hoped to find every time he returned from school.

As an adult, however, he would be surprised to learn that for almost two months, when he was only ten years old, it was the only dish he ate. He remembers, with love, the image of his mother heating the water in that old teapot that used to be his grandmother's. That's why Trementino, while cooking, remembered and imitated the way his mommy stung garlic, poured the rice in a nice cup and then threw it into a pot where the oil was heard. In particular, he liked to repeat the part where after stirring it, he poured two cups of hot water into the pot causing an explosive sound that announced with some impetus the beginning of the wait: twenty-five magical minutes.

He had always thought it was beautiful to see how that cheap, ugly meat turned into something so beautiful and delicious when mixed with rice. That was his memory: simple and beautiful. Then, he would learn that during those two strange months, his father suffered what many families in Chile did: he had a debt so big that he was forced to sell belongings, to commit to payments, to even cry. Both of them were already his admiration then, but by the moment he learned this, his mother and father seemed like giants to him because in front of them, he and his two brothers never ever complained. Instead, there was always a wonderful plate of hot food for lunch.

It is not surprising, therefore, that Mr. Trementino Marabunta learned to cook countless dishes, even though they all resembled each other and were called the same. The children of the "home" were always the best gastronomic critics to judge his art because they never did it with their eyes. Now, Trementino is gone, we never knew anything beyond his smiles, his bright eyes, his childish eyes and the beautiful childhood he had. Don Trementino Marabunta was, without a doubt, the greatest artist I knew.

 

In your memory.

 

 

 

 

 

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