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Maria del Mar Altamirano
Nacionalidad:
Argentina
E-mail:
marimaraltamirano@gmail.com
Biografia

María del Mar Altamirano 

Escritora nacida en Argentina. Estudia profesorado de Música. 
Es Miembro activo de la Comunidad Literaria y de Artes Plásticas Infanto Juvenil "Aventuras de Papel", en la cual publica varios de sus trabajos y en donde obtuvo diversos premios y reconocimientos en concursos.
Además tiene otros galardones con sus relatos, cuentos y poesías (algunas de las obras premiadas fueron publicadas en una antología).
También participa en páginas de internet y en revistas.
Publicó su libro de poesías “Déjate ser” en las plataformas de Amazon y I-Tunnes.

 

MORIR SUAVEMENTE

Iba a pedirle que me de su mano. Eso, claro, un minuto antes de saber...
Tenía sus ojos hinchados, irritados. Supe que eso era nomás, el resultado de haber estado llorando. Se me formó un botón en la garganta, me lo tragué.
-Tu maquillaje... -Le dije -Como si aquello fuese lo realmente importante en aquel momento.
-Si, discúlpame -Respondió, con un sentimiento de culpa, como si su rímel corrido fuese lo que me lastimaba.
Con el tiempo detenido, observé fijamente, como una suave brisa acariciaba una rosa, mientras hacía desprender sus pétalos, haciéndolos deslizar por el aire, pareciendo estar danzando, sin preocupación alguna por llegar al suelo. Los seguí hasta verlos caer, pero al hacerlo, los pétalos no parecían estar heridos. Aún separados del tallo, aún habiendo dejado de ser lo que habían sido, seguían siendo realmente bellos. El tallo, ahora, solo, no se notaba tampoco triste, porque ya en ese momento se podían ver nuevos pimpollos, esperando nacer.
Yo, había visto morir algo, sin embargo, no había sido horrible, más bien, había resultado ser algo amargamente hermoso.
No le pedí su mano, solo me limité a acariciarle la cara, para limpiar una lágrima que rozaba sus labios. Le sonreí y fue así, como sin decirnos nada nos dijimos todo.

 

EL VECINO DE ABAJO

El día había sido un poco agitado, llegué a mi departamento con el solo deseo de tomar una taza de café, calenté un poco del que había quedado en la mañana, lo vertí en mi taza y me dejé caer en el sillón, bebí un trago y me relajé. A lo lejos se escuchaba la radio encendida del departamento de al lado, mientras que los pasos del vecino de arriba retumbaban mi paz, pero eso ya era costumbre. Pensé en encender la televisión, pero justo en ese momento, un fuerte golpe me llamó la atención, había sonado como si algo de vidrio se hubiese estrellado contra el piso. Seguido a eso, comenzó a oírse un murmullo, dejé mi taza sobre la mesa y lentamente, como si me estuviese escondiendo de alguien, me acerqué a una ventana pequeña, que solo tiene como vista unas tuberías. Traté de escuchar algo, entonces alguien comenzó a hablar muy fuerte, era una voz gruesa, gorda y estaba muy enojada. La siguiente voz que escuché, la conocía, era la del vecino de abajo, estaba nervioso, lo supe porque tartamudeaba, saqué mi cabeza lo más que pude afuera de la ventana. Ahora hablaba la voz gruesa, le reclamaba algo que le debía, decía que ya le había regalado demasiado tiempo. A mi vecino no le salían las palabras, pedía disculpas. Mañana, mañana… (le repetía)...
De pronto, se escuchó un fuerte golpe, dando la sensación de un puño sobre la puerta, me asunté y entré mi cabeza, nadie podía verme, pero algo estaba pasando allá abajo y comenzaba a ponerme nervioso. Escuché que alguien corría y volví a sacar la cabeza, otro golpe. Esta vez, mi vecino era el que gritaba. “por favor, por favor un día más“... (decía)…
Lo siguiente que escuché me dejó atónito, no estaba seguro, pero no podía ser otra cosa, había sido un disparo. Todo el edificio quedó sumergido en un silencio sepulcral, como si todos los vecinos hubiésemos estado escuchando lo mismo y nos quedamos como estatuas al oír aquel disparo. Reaccioné y lo primero que hice fue trancar mi puerta y poner una silla. Por si acaso, cerré la ventana y tomé mi celular (estaba temblando como una hoja en invierno). Marqué como pude al 911, atendieron al instante y le redacté lo que había escuchado, dijeron que mandarían un móvil enseguida. Me quedé sentado mirando fijo mi taza, aún con un trago de café sin terminar, de seguro ya debería estar frio, como lo estaría el cadáver de mi vecino.

UNIÓN

La misericordia se declaró un día acabada, hizo sus maletas y se marchó. Encontrando a medio camino, el respeto y la amabilidad, partieron lejos.
Quedando triunfante la violencia, reinó su imposición, la ley del más fuerte venciendo al más débil, se cumplía. A un lado de los gritos ahogados de los indefensos, la justicia intentaba flamear un pequeño pañuelo blanco. Pero a medias sonrisas, se levantaba un ejército del otro lado, desenfundando misiles, dejó desencantada a la justicia, declarándose caída. Entre llantos de temor, una pizca de esperanza renacía, al momento que su voluntad de crecer se hizo ver, fueron sumándose los abatidos, juntando sus fuerzas, su sombra dejó de cubrirse el rostro y comenzó a crecer. Invadido el ejército se vio pequeño y tuvo que retroceder. La unión se volvió masiva, no cesaban de creer. Cayeron gotas de alivio y la misericordia decidió volver. La siguieron el respeto y la amabilidad, juntos encontraron nuevamente la voluntad. Una enorme bandera blanca, la justicia hacia flamear y una pizca de esperanza les devolvió la libertad.

ALFAJOR

Sonó el timbre y salí corriendo a jugar, me llevé un alfajor en el bolsillo del delantal a cuadritos verdes, que ya estaba sucio de toda la semana. Saqué mi alfajor y sin pensar mucho lo iba a mandar a la boca, pero la vi. Su cabello tan colorado le hacía burla al sol, sus ojos verdes contrastaban con mi guadapolvito. A mí no me gustaba mucho eso de compartir y menos si se trataba de un alfajor. Pero, sin darme cuenta, algo en mi quiso hacerlo. Extendí mi brazo ofreciéndole y me sonrió. Entonces, en ese momento, algo muy raro pasó, sentí un terrible ardor en la cara y rogué no haberme puesto colorado, mi pansa se revolvía pero no de dolor, era otra cosa, pero no me importaba. De pronto, yo le hubiese comprado un camión de alfajores solo para ella. Vino hacia mí y le corté un pedazo, entonces me agradeció y yo sonreí. Luego, salí corriendo, no porque quisiera, porque yo hubiese querido quedarme toda mi vida a su lado, pero me olvidé de cómo hablar y en ese momento me pareció una buena idea. Al día siguiente, llevé dos alfajores, me moría de ansiedad, el recreo parecía nunca llegar. Al fin sonó el timbré y salí como rayo, pero para mi desgracia, no estaba. Pasó el día entero y no vino, me puse triste pero no me desanimé. Llevé el alfajor al día siguiente, pero tampoco vino. Por si acaso, sigo llevando un alfajor, quizás un día vuelva.

 

CUESTIÓN DE AMIGARSE

Me estoy jugando los cinco dedos de la mano derecha, que todo radica en amigarse, tan simple, como amigarse con nosotros mismos.
Realmente, no imagino un mundo, donde abunden arboles con enorme copas verdes, arco iris en el celeste cielo, junto a mariposas revoloteando. Personalmente me irritaría, es por eso, que tengo absoluta certeza, de que no todos seriamos felices, en un mundo tal.
Deduzco que lo seriamos, si nos reconciliáramos con la vida, de modo que, una persona feliz, más otra, más todas, conformarían un mundo agradable. Sin necesidad de recurrir a patearle la cabeza al vecino, por poner música fuerte, siendo que resulta mucho más reconfortante, tenderle la mano, para ayudarlo a levantarse.
Tampoco nos minimizaríamos, idolatrando a aquel, poniendo su foto en la pared, solo porque sale en la televisión, o pensar que no tengo el talento suficiente, como lo tiene este otro.
Porque todos estamos hechos de lo mismo y todos podemos “ser “, cuando hacemos lo que nos hace felices, porque no es un pez, tan buen trepador como un mono, ni un mono, tan buen nadador como un pez.
Es así como imagino el mundo que me gustaría, con personas amigadas, felices.


 

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