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Diana Irene Mara Blanco
Nacionalidad:
Argentina
E-mail:
dianaireneblanco@hotmail.com
Biografia

Diana Irene María Blanco

Diana Irene María Blanco   Nació en Eduardo Castex, La Pampa, Argentina. Maestra y Profesora en Letras por la Universidad Nacional de La Pampa. Poeta, cuentista, novelista, ensayista y prologuista. Disertante en varios Simposios Internacionales en California, USA, Puerto Rico, Uruguay, Perú, Chile, Venezuela, Colombia y Panamá. Cuenta con premios nacionales e internacionales en poesía y cuento en Francia, España, Israel, Chile, Italia, Canadá, México y USA. En 2013 el Gobierno de La Pampa le otorgó el Premio Testimonio por su trayectoria en Literatura-cuento y poesía- y en 2007 la Cámara de Diputados de La Pampa le confirió el Premio Olga Orozco en Literatura tras evaluar su Currículum Vitae. En 2015 fue nombrada “Personalidad destacada de la Cultura de La Pampa” por la Cámara de Diputados.

Obra édita: Poemas:”El cántaro roto”, “Pródiga”, “Mujeres”,“La Lámpara despierta”; Cuento: “Cuentos para la hora gris”, ”Brava y oscura” “Corazón partido”. Ensayo:”Olga Orozco. La jerarquía de la palabra”. “Villegas. Hijo de la llanura, hermano del viento” Novela: “La constancia de las rosas”. Cartas: “Domicilio desconocido”

 

Motivos del amor

       Diana Irene María Blanco. Argentina.

 

Más allá de la tarde con rumor de uvas,

por la tibia vertiente de mi cuello

bajan tus manos en jinetes de seda.

Lenguas de sol arquean mi cuerpo,

 y el rocío se atreve guardado entre tus dedos.

Abanicos de cristal agitan mis ojos

que huyen como dos ciegos detrás de tu aliento.

Allá, en las sombras, en la región  más clara de tu piel

deshojas ardientes jazmines

en el encaje de mi pelo.

Tal vez, dos pétalos naufraguen en la inocencia

de mi boca con aroma de fuego,

con temblor de  suave abeja encendida.

 Bebo la luna en la copa lenta

de tu voz dormida sobre mi pecho.

Para no perderte o fatigarme en lejanías absurdas,

 la dulce araña de mi sangre

teje tu nombre saciado de incendios y ternuras.

Cierro los ojos para ver el fondo de tu corazón

donde postergas la intención de la espina.

Y no existe lluvia más constante

que tus besos diluviando despedidas sobre mi cuerpo.

 

 

“Después de la inocencia

                     Diana Irene María Blanco. Argentina.

 

Porque no alcanza con cerrar los puños

y parir un grito con los ojos tapiados.

La pena es un diamante seco engarzado en el alma,

quieta como una piedra antigua en el fondo de un lago.

Sin embargo, el rocío aplasta con sus pies de agua

la alta delgadez de la hierba,

y entre las rosas un sol de vidrio quema colibríes apurados.

Hasta es posible que en algún lugar del mundo,

en este mismo instante, el vuelo exacto de las águilas

roce la piel ensimismada de Dios.

La luna anduvo descascarando azucenas irrepetibles

en el umbral desvelado de mis manos.

Que dicen que estoy aquí, deshabitada

como una catedral sin voces,

invadida de espejos infalibles, de canciones opacas.

Afuera, la vida cruza la calle con sus pies de arena

y sacude un antifaz en la mano.

Cuando la noche abra su tulipán de sombras.

Despertaré las lámparas. Otra vez.

Luego del dolor, después de la inocencia.

 

Poema inconcluso

               Diana Irene María Blanco. Argentina.

 

No se curvó tu mano para iniciar la cacería.

Ya mi cuerpo como flecha perfumada buscaba

el plumaje encrespado de una caricia.

(Por la grieta hiriente de tu mirada se escurrían

manzanas amargas que yo disimulaba).

Siempre en fuga indeseada el vino de mis ojos.

Siempre el sol con su esquiva miel lejana.

En algún lugar, tus redes arrastraban peces de vidrio

que agujerearon la seda inocente de mi alma.

Sin embargo, en el agua  de mi piel

esperaban obedientes corales

soñando mareas escandalosas de ternura.

Yo era otra vez, la niña que danzaba

sobre las piedras duras de un jardín cansado

donde brotaba la espina de tu ausencia.

(Hasta la huella de aquella flor ya no estaba).

Nadie pudo atestiguar el domicilio de los pájaros

que picoteaban el esqueleto de mis sueños

entre tus manos oscuras.

Acaso por la puerta vacía de la noche

cruzó una caravana de jinetes escuálidos

clamando tu nombre.

 

 

 

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