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Omar Herrera Daz
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
escritores@uneac.co.cu
Biografia

Omar Herrera Díaz

Poeta cubano, vive en La Habana, ha participado en todos los encuentros de poetas del mundo que se han realizado en la Isla. Una mujer que lo conoció escribió sobre él: "El más ovacionado de la noche, con gritos de ¡Bravo!, estentóreos aplausos y silbidos de aprobación...Tan sólo declamó y bastó una de sus poesías: una deconstrucción del poema de José Martí, La rosa blanca... Creo que esta mujer se llama Cecilia. Luis Arias Manzo

 

Herencia

 

Algunos no comprenden

el dolor oculto tras la blasfemia

dicha en cada lugar público.

No se imaginan

que en él va contenido el grito salvaje de mi estirpe

rescatado del fondo más oscuro

de un océano

que debieron nombrar “de los suplicios”.

Tal vez por ello

me invitan a sumarme al jolgorio

que ha de celebrar un nuevo espejismo

como promesa de la última batalla.

¡Esta no es mi tierra!.

Soy de un lugar

donde a mi voz la tierra se estremece

y el aire se llena del olor

a naranjo en flor.

Esta no es mi tierra

como esta tampoco es mi guerra.

Aquí sólo soy una estatua de sal.

 

 

Cierta mujer me habló de un país

donde la gente no se mira a los ojos,

se están ahí, inmóviles,

azules como las montañas,

sin otro temblor

que el que les nace del centro de la tierra

no se dan la mano  

si no es para arrancarse

el mutuo corazón de la sobrevida.  

 

Cierta mujer me habló

de hombres muertos en plena adolescencia,

incapaces de inclinarse ante el deseo

y esbozar una sonrisa frente a la desesperanza.

Lo que no sabe esta mujer

es que mis ojos no acostumbran a cerrarse ante la nieve,

es más, nunca he visto  la nieve pero no me asusta,

quizás porque vengo

de un país donde la caricia

se convierte en un pretexto contra todas las tristezas.

 

A ratos me sumerjo en los ojos  de esta mujer

y le invito a retar sus propios miedos.

A veces pido a esta mujer

unir su clara piel a la mía de dolor y cicatrices

para contaminarnos de sudores y marcas de labios.

Le prometo salvarla de todos los incubos.

Cuando menos, servirle de refugio

contra el viento del altiplano y el lamento del cóndor.

Ella, temerosa, adelanta un pie y se queda ahí,

tranquila, cual flor silvestre suspendida

en el borde del acantilado.

Yo, desde el fondo,

le ofrezco de refugio mi pecho.

Ella  no salta.

Tiene alas, pero no se atreve a volar.

     

 

Los trenes y otras despedidas

 

Es medianoche ya, y tras la pared se escucha aún el lamento de la mujer que soñaba con un tiempo campanillas y otros milagros transportados de allende los mares. Ella, ante la imposibilidad del sortilegio, ha convocado a todos sus muertos con la esperanza de que le develen el rostro donde viaja la fortuna. Cree en la suerte de Alicia atrapada en el deseo de un conejo cualquiera, en la habilidad de Gulliver para atravesar océanos sin documentos migratorios, en la astucia de Scherezade. No sabe que los poetas mentimos, que cada  historia que nos inventamos no es más que un exorcismo contra nuestras propias tristezas, apenas un refugio donde ocultamos el sabor de todos nuestros naufragios.

Yo podría unir mi sueño al de esta mujer. Podría, tal vez, sembrarle de amaneceres las mañanas, contaminarle de poesía cada lágrima y poblarle de hijos la esperanza. Pero esta mujer y yo estamos aferrados a una vieja historia que se aleja con la promesa de un pronto regreso.

 

 

Cimarrón

 

Contra el desmedro de estos días

convoco al taita de mis taitas.

Le hago una ofrenda a favor

de los que lo desconocen:

otá de la montaña , oñí silvestre

y flores.

Abro la camisa para mostrarle el signo

de mi estirpe y me descubro

negro libre, de monte adentro.

En algún lugar de la memoria

taita José se cubre con emplasto las heridas

y me lega, orgulloso su machete.

 

 

 

En esta isla el cangrejo,

más que noticia,

suele ser el pretexto para observar

nuestros rostros reflejados en el mar.

¡Ay de nosotros!.

Alguien nos contó que la salvación

estaba en el agua, pero pocos aprendieron

a zambullirse.

Todo era entonces

sentarse a la orilla de la playa,

recoger los restos del naufragio

y cantar viejas canciones marineras

bajo la mirada atenta del padre

que celoso sospechaba

un desembarco de palabras nuevas.

Desde el puerto nos llegaban

las voces de los turistas

que, con alboroto de chiquillería,

nos hablaban de una tierra de mujeres

con orgasmos a flor de labios,

fotos en colores y tintineo de monedas

en los bolsillos.

Desde entonces comprendimos

que la maldición no es la circunstancia

del agua por todos lados,

sino la imposibilidad de levar anclas.

 

 

A Nancy Morejón

 

Cuánto decir se adivina

tras el decir del poeta

que alzando la frente reta

la cuchillada mas fina.

Y será porque camina

con ese paso uniforme

que se nos vuelve un enorme

torbellino sin frontera,

un vendaval que no espera

y una mirada inconforme.

 

Sabe de golpes arteros,

de mano a medias tendida,

del escozor de la herida

y el sueño del prisionero

sembrado en un agujero

a la espera del futuro.

Mientras, en el mismo muro

que le aprisiona la prisa

va esculpiendo la sonrisa

con su verso más oscuro.

 

Andan así poeta y verso:

carne de la misma suerte,

el pecho presto ala muerte,

el pecho valiente, terso.

Le acusarán de diverso,

de inocente, de locura

e inventando alguna cura

tratarán de silenciarlo,

pero al tratar de callarlo,

alimentan su cordura.

 

¡Ah, del poeta que lucha!

El  brillo de su palabra

es la esperanza que labra

el alma de gente mucha.

Sobre todo aquel que escucha

esa voz atentamente

descubre que de repente

se le ensancha el corazón.

Ha encontrado la ocasión

de cruzar a salvo… El puente

 

 

Sonetos

 

Una mujer desnuda y en lo oscuro

lanza un reto feroz que no me alcanza.

Una mujer sujeta a la esperanza

de aquel sueño infeliz que no maduro.

 

Me exige tanto amor que yo le juro

dejarme seducir el alma mansa

y, armado de quietud y de confianza,

sacar la soledad de mi futuro.

 

Esta mujer confiesa que me sueña

mas allá del placer y la aventura.

Yo tras su voz descubro que diseña

 

un mundo de tranquila desmesura.

En tanto mi alma noble se despeña

en brazos del mañana que me augura

 

Reclama para sí cada mirada,

cada intento de nacerme hombre nuevo

y me ata, sin dudas, porque llevo

desnuda la razón, la piel marcada.

 

Cuando viene hacia el lecho solo armada

de su piel temprana –cándido sebo-,

esclaviza mi fe, la vista elevo

y me dejo arrastrar por su llamada…

 

Yazgo después... La mano sobre un seno,

soberano del reino que conquista.

Yace sobre mi cuerpo aquel ajeno

 

que se funde en mi piel cual fruta mixta.

¡Hela entonces feliz! El pecho pleno:

asombro de placer, mujer artista. 

 

 

País

 

Me lanzo a caminar como si nada

sabiendo que acontece casi todo:

sucede el pan, la sal, el agua, el lodo…

la codicia en la mente agazapada.

 

Adónde fue a parar la paz soñada,

la virtud, la razón, el acomodo,

la ocasión de marchar codo con codo

confiando en la sonrisa enamorada.

 

Acumulamos tiempos de tristeza,

se nos pasa la vida en cada intento.

Alguien mira y sacude la cabeza

 

evitando con ello algún lamento.

Solo entonces asumo la certeza

de un destino movido por el viento

 

 

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