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Cristian Toro Melendez
Nacionalidad:
Chile
E-mail:
cristiantoromelendez@hotmail.com
Biografia

Cristian Toro Meléndez

CRISTIAN ANDRÉS TORO MELÉNDEZ nació en San Fernando, Chile en 1986. Profesor de Educación General Básica con menciones en Tecnología, Medio Ambiente, Lenguaje y Comunicación de la Universidad Tecnológica Metropolitana. Sus inquietudes artísticas le han llevado a incursionar en grupos de Teatro, Literatura y a colaborar por más de tres años en el Museo Lircunlauta. Ha participado en encuentros de escritores de la Región de O´Higgins junto al Centro de Extensión Cultural Pablo Neruda, en tertulias poéticas en San Fernando y Pichilemu, tales como: “Fogones literarios”, “Colusión Poética”, entre otros. Publicado en la Revista Germinando del Colegio de Profesores de Colchagua y antologado en "Cosecha Literaria" del Centro de Extensión Cultural Pablo Neruda. Su primer poemario "Al surco del Romancero" reúne su obra en métrica creada en 2004 y publicada doce años más tarde. Radicado en Pichilemu desde 2006, con el propósito de desarrollarse personalmente en todos los ámbitos de la vida y las artes. Sus compañeros de vida: Matteo (7) y Maximiliano (3). Hijos entrañables que dan continuidad a la simiente de hombre artista, loco y aventurero.

 

2).- SELECCIÓN POEMAS “AL SURCO DEL ROMANCERO”

 

DON EULOGIO EN EL PUEBLO

 

A la sombra de las parras

de aquel campesino pueblo

conversando eran las viudas

dos flores de terciopelo.

Hablaban de amargas penas,

del invierno y del sustento,

de la tristeza en el alma

y de sus maridos muertos.

 

Doña Evarista era la una

quien lloraba sin consuelo.

Su hija Cristina le hablaba

a Dios, en el Padrenuestro.

 

Vino entonces, una tarde

a ese misterioso pueblo

en una veloz cabrita

don Eulogio el marinero.

Venía con dos maletas

cargaditas de recuerdos,

los botines le brillaban…

¡Ay, qué elegancia su atuendo!

 

La gente lo vio regresar

cual si fuera un forastero

nadie sospechó siquiera

que era natural del pueblo.

 

Llegó a la hijuela el marino

con nostalgia y con anhelo,

ganas de ver a su madre

traía de mucho tiempo.

Llamó con fuerza el hombrón,

con calor de fogonero

en la casa de totora,

pobre casa la del pueblo.

Salió Cristina del Carmen

envuelta en sus paños negros

preguntándole al marino:

¿Qué desea caballero?

 

“Busco a mi vieja querida,

a la flor de terciopelo

que no he visto en veinte años…

¡Cúantos años fogonero!”.

 

Llamaré, pues, a mi madre,

espere usted un momento

cerca de los cardenales

o debajo de este almendro.

 

Corrió Cristina González

entre el asoleado huerto,

dijo a la viuda Evarista:

“madre mía, Eulogio ha vuelto”.

 

 

EVA DEL CAMPO

II.- Sus labios

 

Te amo desde la creación,

desde el vientre de la tierra:

“mujer del campo encendido

de trigales y de estrellas”.

Tus labios besan al aire

cuando recorres la huerta

y se te tornan de leche

cuando a las vacas ordeñas.

Eres la sangre trémula

que disipa mis tristezas

y te fijas a mi mente

acariciando quimeras.

En sueños vas pulsando

con tu mirada las cuerdas

del corazón palpitante

si es que regreso a tu vera.

Soy Adán desde el comienzo,

la creación te llamó Eva.

Hoy te busco pese al tiempo

por callejones de tierra;

y en los campos amarillos

no existe mujer que tenga

los labios llenos de leche

cuando a las vacas ordeña.

 

 

LA VALERIANA

 

Ya en la lóbrega laguna

que no dista de la playa

como espectro del nocturno

emerge la Valeriana.

Tiene su cara el rocío,

su cuerpo frescura de algas,

su sonrisa es un lucero

bogando en las quietas aguas.

 

Valeriana yo la llamo

aunque su nombre es Susana;

no es fantasma, es encanto…

¡Me hechizó con la mirada!

Por las tardes de arreboles

acudo a las densas aguas

y los cálamos me han dicho:

“nocturna es la Valeriana”.

Esperando, así, la noche

entre flores de escarlata

las mariposas de viento

dieron vueltas por mi panza.

 

Y luego llegó la noche

izando velas combadas,

surcando en el firmamento

constelaciones de plata.

 

Con su talle verdinegro

salió entonces de las cañas

la ninfa de mil hechizos,

la de estelas nacaradas.

Creció con cisnes y juncos,

perfumada entre las algas.

 

Yo la contemplo del monte,

de la noche a la alborada.

 

En las sombras silenciosas

le canto a la Valeriana:

como el rumor de las quínoas

y cantar de dulces cañas.

 

Una noche melodiosa

se fue al fondo de las aguas

en la lóbrega laguna

que no dista de la playa.

Pregonando fui su nombre

por el monte, por las aguas

y los cálamos me han dicho:

“sirena es la Valeriana”.

 

 

 

 

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