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Antonio Maria Cardona
Nacionalidad:
Colombia
E-mail:
am.cardona@yahoo.es
Biografia

Antonio María Cardona

 

Natural de Ciénaga de Oro-Córdoba. Escritor, antropólogo y diseñador  obras de arte, con hojas, flores, y filamentos vegetales.

 

Asesor del colectivo literario: Raúl Gómez Jattin- Cereté- Córdoba  (Red nacional de talleres de escritura creativa) – Mincultura-UNESCO.

 

Publicaciones

 

  • “Relatos de Mares y Humedales”.  Coautor.  Ediciones, Proyecto Biopacífico, Bogotá, 1995.

 

  • “Sueños de la Manigua” (Poesías y cuentos del Chocó).  Compilador y Coautor.  Editorial.  Sherezada, Medellín.  1997.

 

  • Premio literario, por el cuento: “Gosté, la encantadora de hombres” (Leyenda embera)   . Universidad de Córdoba - Casa de la Cultura, Montería  l982.

 

  • “Los ratones morados”, (cuento) publicado en: “Antología del cuento corto colombiano”. Harold Kremer y Guillermo Bustamante. Universidad del Valle 1992 (?)

 

  • “Enereida y la tarde”, (cuento) publicado en: “Antología del cuento corto del Caribe colombiano” Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda. Ed. UNICOR, Montería 2008

 

Obras inéditas:

 

ü  Leyendas Embera (cosmogonía de los indígenas Embera-katíos del alto río Sinú-Córdoba, Colombia)

 

ü  Poesía en prosa

 

ü  Relatos oníricos (cuentos sobre los sueños)

 

ü  Evocaciones (cuentos)

 

 

 

Cereté, Córdoba 2012


ENEREIDA Y LA TARDE

 Por Antonio María Cardona

Vi la tarde caer de rodillas sobre los ombligos de la sierra. Un viejo árbol carcomido por los vientos parecía un hombre de muchos brazos bebiéndose el cielo por suspiros. Los goleros en el cenit danzaban  como flores negras, borrachos tal vez de tanto cielo.

Me senté sobre la fresca hierba, donde las brujitas, esas maticas de tallo verde jade que terminan en una mota redondita, algodonada, y que a cualquier roce desprenden su enjambre de semillas, besaban mi falda blanca de volantes, y en un movimiento inadecuado, las semillas como arañitas libres volaron detrás de la tarde. Entonces se me escapó un suspiro lleno de recuerdos y me sentí mujer, porque ellas me rememoraron a Santiago y su sudor de hombre, que aquí mismo, en esta hierba, me impregnó con sus ansias cada poro.

 

El dios de la vida y de la muerte 

Por: Antonio María Cardona

 

Dios no se alegra por la victoria del más fuerte ni se entristece por la derrota del vencido.  Dios no se inmuta por el dolor de nadie, porque Dios no es humano ni divino, no es ser individual.

Dios es toda la luz, toda la fuerza, toda la vida.  Toda la energía desplegada y contraída desde el principio y fin de todo y de todos.

Dios es lo masculino, lo femenino, lo asexuado.

Dios es la muerte infinita de todos los seres y las cosas.  No perdáis el tiempo levantado iglesias. No perdáis el tiempo rezándole a lo que no tiene oídos, ni boca, ni pensamiento.  No leas libros antiguos o modernos que te hablen de Dios como espejo del hombre, se han equivocado y se equivocan.  Pero por esto, no te sientas desamparado sin nada en que apoyarte, tú mismo eres una brizna de él.

Dios es la armonía y la desarmonía sempiterna del Cosmos.  Dios es la explosión de una estrella, de mil estrellas, de galaxias enteras que se revientan un día del tiempo en miles de miles de millones de bombas termonucleares y racimos de luz y muerte que se difuminan por los confines del universo.  Dios es cada agujero negro, blanco; cada pulsar, cada quasar, cada blasar, cada punto o cada cuerda de energía pura del inicio y del final del tiempo; cada neutrino que nos atraviesa, cada quark que nos amarra, cada partícula elemental de la que estamos constituidos.

Dios es la gota de agua que fluye en el río y se agita en el mar. Cada grano de arena que pisamos; cada trino de pájaro en la selva, en la montaña o en la pradera.

Dios es el roce de la piel que termina en beso tierno, en beso de fuego y en quejido de orgasmo a luz de luna nueva.

Ahora que he comprendido esto, siento alegría sin fin. Espero paciente y tranquilo la inefable parca.  Y aunque no sepa quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos, sé que el destino del hombre en esta tierra, está en sus propias manos.

 

VIENTO NEGRO

Por Antonio María Cardona

 

El viento negro no viene de la ancha mar ni de las cumbres plateadas de picachos níveos coronados de sol de la Sierra Nevada. No es capricho divino del Dios del viento wayuú, ni del lomo sinuoso de la última tierra libre de los diminutos indios yukos de la serranía del Perijá. Viene de las entrañas de la Madre Tierra. Ha sido despertado, violentado, arrancado de su cama de tierra por el el Arijuna sin alma que siempre ha tenido cerrado el ojo de la compasión, y sólo ve por sus ojos de vidrio cuadriculado con dos signos s en cada pupila.  El viento negro estalla cualquier día, a cualquier hora frente al límpido cielo. Miríadas de partículas de polvo y negrura suben arremolinados al azul infinito como desafiando a Dios. Un estruendo apocalíptico de muerte negra que explota  estridente entre los oídos de la Madre Tierra. La onda de choque se expande, se expande como círculos concéntricos de agua penetrando la esencia del aire, la nube, la lluvia. Su alarido de muerte negra retumba en los ecos como ira de Dios, y como manta guajira abombada por el viento, arropa el desierto con sus chivos, sus cardonales floridos, las cazimbas y los hilillos de agua donde bebe el wayuú, y hasta el suave trino del rojo pajarillo sucumbe ante el horror. La herida Madre Tierra, como si quisiera recuperar su sueño perdido, una a una atrae nuevamente  a su piel esa esencia de polvo y negrura que era de ella y no del hombre.

El verde-hoja del achaparrado trupillo, del frondoso palo Brasil, del palo blanco, del makurutú, del yotojoro, la pequeña ortiga, y hasta la tierna mimosa cierra sus hojas de puro temor y protección. El mundo verde se viste de ocre y negro, en el duelo por lo que siente y por lo que ha de venir. Todo se negrea, hasta los pensamientos que se alojan en la rabia y rozan el odio. En cada poro vivo hay una partícula de polvo y negrura; en la casa de barro, en la rancha solana, en la hamaca colgante, en la mochila de colores, en las alpargatas de borlas, en la alberca bendita, en el pozo de agua, en el viejo bidón; en la humilde crayola y en el blanco envés de la hoja del cuaderno del niño escolar. El cuello de la camisa dominguera es ribete oscuro. Las fosas nasales, las cuencas de los ojos, los pulmones tiernos del recién nacido tienen puntitos de negrura. En los viejos pulmones de la anciana blanca, de la anciana negra, de la anciana india y hasta la mestiza de caderas firmes, sienten el humor maligno en el aire que respiran. Polvo negro en la muerte súbita, polvo negro azufrado en la deformación, en la mutación y en el feto abortado por el mismo carbón. Las fosas porcinas, el queso de cabra, la carne de chivo y el pescado abierto al sol se doran en cenizas de cielo antes del fogón. Las castalias aguas de la pequeña laguna, el rumor cristalino del río se torna terroso, rojizo, casi morado de muerte, y entre las la adustas piedras el pez saltarín encuentra su tumba por falta de oxígeno y por la inexistente gota de la compasión. El animal arisco que vino a la orilla apagar su sed de desierto, ya no encuentra alivio. El gruñente zaíno, el cuáquero sabio (el venado) husmea la humedad desde lejos entre parpadeo de sus ojos llorosos, y no precisamente de tristeza. Todo lo vivo siente el polvillo de carbón contaminante de la mina blanca como un remolino negro del viento negro que arruga el alma y tizna la piel. En cada poro vivo hay una partícula de polvo y negrura, y en el alma, una rabia antigua, un dolor antiguo por esta tierra moribunda y porque en el ojo humano no hay compasión.

 

Desde Barrancas Goajira, minas de Cerrejón.

 

 

 

 

 

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