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Marden Nchez Bonilla
Nacionalidad:
Honduras
E-mail:
marden32@yahoo.es
Biografia

Marden Nóchez Bonilla, nación en Zacatecoluca, Departamento de La Paz, en El Salvador C. A., el 16 de febrero de 1948. Es profesor de educación media graduado en Administración Educativa y Letras.

Se ha desempeñado como profesor de aula, sud director, en varios centros escolares de El Salvador y Honduras, Técnico en Educación en Tecnología Educativa y en el programa PPMS.  Educador Popular en la Fundación de Educación Popular CIAZO y en la Fundación 16 de Enero.

Ha ganado segundos y terceros lugares en los juegos florales de Juayua y San Vicente; de igual manera en el certamen patrocinado por ASTAC. No tiene publicado ningún libro de poesía.

Actualmente reside en Jesús de Otoro, departamento de Intibucá, República de Honduras.

 

 

Masacre en el Mozote

 

El tiempo invisible escribió la historia,

diciembre de mil novecientos ochenta y uno.

La gente recuesta su vida cotidiana en una hamaca,

las cocinas rugen cociendo maíz y frijoles…

Es El Mozote, enclavado en el regazo de tres cerros,

una aldea olvidada, al oriente, de El Salvador.

 

De pronto… cientos de soldados rompen la calma,

traen la muerte en sus mochilas camuflajeadas, 

el odio en sus ojos y el vacío en su corazón…

Las ráfagas intimidan el ánimo y alejan las sombras

los insultos se disparan sin descanso…

hiriendo los espíritus del sol.

 

¡Salgan todos hijos de puta! Ordenan, atropelladamente.

La indignación y la sorpresa hierven por dentro y se desnuda.

la tensión crece hasta convertirse en pánico insuperable;

los rictus de la muerte se adueñan del lugar…

se invoca a un dios, en ese momento, impotente.

los perros aúllan agorando la tragedia

 

¡Todos ustedes son guerrilleros! señala el sargento,

¡Ustedes son guerrilleros… y los vamos a matar!

Un silencio demacrado invade la estancia

la muerte enseña su sarcástica sonrisa.

A una nueva orden todos presos a sus casas.

 

Amanece… y la voz ronca del chacal increpa:

¡Rápido…Cabrones…Todos a la plaza!

los gallos cantan tristes, pero nadie los oye

el frío hiere hondo presagiando nefastos desenlaces.

Los soldados separan hombres de mujeres;

los ancianos y los niños se amontonan junto a las señoras.

El holocausto prepara sus rituales de muerte.

Los zopilotes ensucian el cielo esperando el festín.

Son mudos testigos los viejos amates del lugar.

Y empieza la dantesca e increíble carnicería.

Las balas ciegan la vida de los inocentes…

uno a uno van cayendo sin vida… mientras su sangre

se desliza por la tierra escribiendo sus historias.

 

Los soldados emborrachados de odio y morfina

prosiguen con las mujeres; jóvenes y viejas,

sin distingo alguno ven como las bestias

en sed de lujuria ultrajan sus delgados cuerpos,

que en gestos de rabia se rinden y lloran.

Después las queman en enormes piras humanas.

 

El olor a carne quemada, el alcohol y otras hiervas

embriaga de muerte a la soldadesca,

quienes en danzas macabras juegan a ser demonios:

un niño es lanzado con fuerza hacia arriba,

abajo un soldado lo recibe con su yatagán,

el cuerpo sembrado se exhibe en botín de “guerra”.

Los demás pequeños son sacrificados en loco banquete.

 

La noticia es triste e inverisímil:

Mil campesinos salvadoreños asesinados

por los “angelitos de la muerte” del Batallón Atlacatl,

que derrotó en “fiera batalla” a mujeres y niños.

 

La noche se impregna de fúnebre aroma

se van los soldados, con ellos la vida…

Las luciérnagas… no alumbran más… en El Mozote.

 

 

Los Quemados

 

Los quemados…

cada día, cada semana…

vuelven a morir en el olvido

de hambre y de frío.

 

Ya nadie se ocupa de ellos

pues no son más…

que incómoda costra que molesta,

que sacude la falsa moral

y el sentimiento de culpa.

 

Los muertos son mudos,

cifras sin la menor importancia.

Pero hay cadáveres que hablan

gritan más alto que las estrellas…

y explotan más que los volcanes. 

 

Ahora se trata de levantar

los despojos de los calcinados,

que son la gente de nuestra gente,

sobre nuestros brazos,

nuestros millones de brazos

y conducirlos…

en la nueva jornada de lucha

a los gritos mil veces repetidos:

“por la refundación de Honduras”

 

 

Ordene mi general

 

Morazán con la mirada fija y retadora

el pelotón de fusilamiento sonriéndole a la muerte,

la última y más fiel de sus amantes…

Esa noche la luna disparó sus ternuras

golpeándole el rostro…

para reflejar el fuego que aún ardía en sus ojos.

 

 

El pelotón de fusilamiento esperando la orden 

 ¡Pelotón, preparen...!

Los soldados temblando chasquearon los cerrojos

haciendo eco a la orden del general.

¡Apunten..!

Las bocas heladas de los fusiles apuntaron hacia Morazán

él… mostró el pecho, levantó el mentón y dijo, con voz de trueno:

¡Fuego…!

 

El estruendo de los fusiles subió al cielo

como el eco de un trueno que se aleja

y se pierde entre las nubes.

 

Cayó herido, el alma más que en el cuerpo.

Sus ojos miraron hacia la eternidad…

lesionado… levantó la cabeza increpando:

¡Soldados, todavía estoy vivo!

Un disparo rompió el silencio…

Se estremeció una sola vez y murió.

 

Llovía. Era una lluvia fuerte y fría.

El cielo estaba oscuro, intensamente triste…

 

 

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