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Roberto Manzano
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
manzano@cubarte.cult.cu
Biografia

ROBERTO MANZANO (Ciego de Ávila, Cuba, 1949). Poeta y ensayista.

Premio Nicolás Guillén, de México, en el 2004, y Premio Nicolás Guillén, de Cuba, en el 2005. Premio La Rosa Blanca 2005. Premio Samuel Feijóo

de Poesía y Medio Ambiente 2007. Finalista en el Festival de Poesía de Medellín, Colombia, 2007. Finalista en el Festival de la Lira, en Cuenca, Ecuador, 2007. Ha ofrecido recitales y conferencias en universidades de México, Venezuela, Estados Unidos, Panamá, China y Paraguay. Máster en Cultura Latinoamericana. Profesor adjunto de la Universidad de La Habana. Versos suyos han sido traducidos al griego, al inglés y al chino.

Ha impartido diplomados para la formación de escritores. Tiene veinte libros de poesía publicados. Trabaja como editor jefe de AMNIOS, revista cubana de poesía.


MADRE MÍA, A LA VUELTA DEL TIEMPO...

 

Madre mía, a la vuelta del tiempo, con los soplos

de la nostalgia, veo plantas que se han marchado, rudos carbones

que apagó la tormenta, y siluetas que cruzan los umbrales

con las mismas figuras de entonces, cuando las miradas

eran verdes, de pulpas gustosas, y esplendían

olores de comienzo, silabarios primeros de la sangre:

a la vuelta del tiempo, con todo el pulso ido,

cuando el día vagaba igual que un humo dulce.

 

Madre mía, a la vuelta del tiempo, entre los ciscos

hirientes y los rígidos almidones, a la hora en que podía

venir cualquiera por el trillo y en la disposición de los cubiertos

era bien recibido, como una plántula anillada:

y entonces en las frondas sonaba un airecillo

frío, un vaso de menta, y unos ojos de toro silencioso;

y tú tenías, madre mía, las llaves del planeta

colgando de tus yemas blanquecinas, pálidas como un susto!

 

Madre mía, a la vuelta del tiempo, qué es esto de estar vivos

tan lejos de nosotros, cuando todos los clavos

estaban en sus tablas, en aquella edad nuestra

en que la lluvia no faltaba nunca a la cita

y las alas del mundo cruzaban con un hálito

diurno, lleno de siembras, de maderas resonantes

en la altura terrestre de la sombra: madre mía, a la vuelta

violeta de los lustros, cuando es grande la pérdida!

 

Madre mía, a la vuelta del tiempo, ya pasada la ola

pueril de las espigas, cuando dentro de nuestra propia sangre

cayeron las soleras de la estirpe, y en la abierta ceniza

llora un pájaro ausente, y un mortero lejano

aprisiona las sienes blancas del horizonte:

quién rasgó las neblinas, qué animal furibundo

paralizó las ruedas tutelares y quebrantó las tazas

donde el gusto fundaba aquel sagrado cónclave?

 

Madre, madre, a la vuelta del tiempo, ay, madre mía,

en el giro escoriado del tiempo, cuando el golpe

nocturno cubre el día, cuando la claridad solar enferma

ha puesto un peso grave en los cabellos

y sólo breves frutos arriban a las manos

en giros espasmódicos, y en la alta madrugada

el oxígeno estalla como una pesadilla ya sin término, ay, madre,

veo venir la cepa original de aquellos tiempos idos!

 

VI A QUIEN CRECÍA EN SU ROSAL...

 

Vi a quien crecía en su rosal, y se tornaba adulto en su rosal,

dentro de su rosal se desposaba, y entraba en su casita

con su jardín de rosas, y en un lecho de rosas reposaba

con su familia sola, y regía un taller, una circunscripción,

una tropa, un colegio, iba directo a las aduanas

y hacia cada diciembre pintaba su vivienda: pasé a pie por allí,

cargado con mis jabas, y sus inmensos perros

me ladraron bastante: pasé a pie, sin puerta decente,

con toda mi familia durmiendo —púgiles del sueño—

sobre la guata torpemente unida: luego me fui a las aulas

a desplegar la insólita lumbre de la metáfora, el escorzo

que dan las metonimias, y esa cebolla oscura que es el símbolo!

 

De pronto mis retoños se quedaron sin suelas,

la hornilla se rompió, y el plato con su prólogo

homérico, y los años cayendo como un polvo

de mortero, y los hijos crecieron en la arena derramada,

y el matrimonio se quebró entre la dura hora comida por el polvo:

aquí me paro, hermano, pues si te enhebro las historias

saltarás como un derrumbado de espalda en tristes pozos:

y a Dios le digo, esa compañía tan firme

que me sostuvo ayer y generoso me sostiene aún:

dale rápido cuando todo termine, Padre,

que ocurra como quien quebranta un muro

y se encuentra de pronto en medio de una boda!

 

No te olvidé ni un solo minuto, poesía,

entre tiznes y cóleras, cercado de lamentos

y risas, en agosto y diciembre, hacia el sur o el norte,

me senté junto a ti siempre que pude a olvidar la caída,

a completarme en lo que separaba, a acendrarme

igual que una ciruela golpeada por el rayo,

a completarme de casamentero como el viento

de noble estirpe, a hilar vértebras de ilusión y lucidez

con la paciencia del que tiene que soportar callado,

del que debe aguardar sin remedio: y de dónde

saqué luz si no fue de la sombra, de dónde

saqué la holgura de mi verso si no de la estrechez

de mi vida, de dónde las claves si no fue del árbol derribado?

 

Estoy cansado ya de ese optimismo vacuo,

de los maestros de energía positiva, y de los trompeteros

de la victoria, y de los adalides que han prohibido lo triste:

no me gustan, son gentes que se acuestan de un solo lado,

fríos como una arista de hierro, totalmente incapaces

de acompañar la curva del doblado, de descender a erguirse

con cualquier demolido, de esperar que el más agotado

aceite dentro de su justo tiempo las coyunturas del fracaso!

 

Hermano, estoy aquí para que nos emocionemos

pensando, pero no para aliviarte, pues no todo se amasa

con harina de estrellas, y no siempre se llega por la ola

al puerto: y necesito escribirlo, no quiero

irme lejos del cauce: cómo pasé trabajo y paso,

bajo de qué carencia anduve y ando, cómo fue que crecieron

y empiezan a fundar los hijos, y cómo se me fueron

escapando los dientes, sesgando los tobillos,

torciendo la cerviz, cómo las vértebras bajo los rudos pesos

quebraron los enlaces, fue en el tirón y el empellón

de los días, en largo eslaboneo, con un zarcillito

de alegría y los veinte bejucos negros de la angustia!

 

LOS DEGRADADORES

 

A este paso lo dejarán todo árido. A este paso, atilas de la tierra, césares

segando la flor recién formada, todo quedará seco como hueso

lavado por los meses, como un maltrecho omóplato blanco tirado

sobre la arena.

Qué va a quedar, oh Dios? Qué continente, qué atolón, qué mar entre las

encías pardas de los continentes, qué continente recogiendo

cosechas y alzando ciudades en los perímetros diluidos?

Todo será arrasado. Ya veo venir la cuchilla ultimando, la cuchilla que ya

se vuelca sobre sí misma cercenando los propios dedos en que se

sostiene para la crueldad y el exterminio.

Trancado polvo entre las cejas, oh corazón tapiado. Es terrible ver a lo

largo y ancho de los ojos, tener la vista suficiente, armónica con la

frente y la página.

 

Se queman los jardines. Arden las umbelas, las espigas, las brácteas, los

cañutos. Sudan rápidamente los troncos, caen carbonizados los gajos

azules del planeta, los derrames anaranjados de las distancias.

Crepitan las carnes, y se evaporan las alas, las mandíbulas, los pelos, los

profundos cartílagos. Hierven los nidales. Huyen hacia los últimos

humedales las zarpas, las crisálidas, las piaras, los enjambres.

Todo se encuentra cada vez más árido. He aquí las costillas del mundo.

Superficies de calor por donde rueda el plasma. Los dedos, llenos de

anillos luminosos, despiden sus haces suprimidores, proyectan sus

conos de depredación sin término.

Sal al proscenio, poeta. Ven, con tus ojos órficos. Saca un poco las manos

de tu ombligo. Oh tú, poeta, que gozas entre los mortales de la

gracia de ejercer una repoblación dulce, llena de música y sentido.

Todo lo han parcelado, comprado, vendido, expedientado, cancelado. Se

fueron en el viento las últimas grandes mariposas y los últimos

conglomerados de polen. Todo se va al viento, hacia el viento, tras el

viento.

La sal subiendo del polvo, el polvo entrando en el agua, el agua pasando al

fuego, el fuego derramándose lentamente desde las suelas efímeras.

Hay un túnel, ensortijado y movido, como una tromba sin banderas.

Sal al proscenio, poeta. Asoma al viento tu corazón de dos alas, y da al

viento tu palabra escogida, tu frente de cristal soñoliento y

esperanzado. Porque es la hora de la hora, ya sólo queda la hora de

la hora, ya es la Hora!

 

 

EL DISCURSO DE ONÁN

El cuerpo, en lances de amor, es parte indispensable del alma.

EPICURO

 

No puedo vivir sin ti, oh compañera. No puedo sostener solo mis insignias

contra el viento.

Me duele, como una mala encía, todo el destino cuando me falta tu calor

voluptuoso y envolvente, tu compañía de fragancia y deseo.

Porque me han puesto en mi cuerpo aquello que es para ti, aquello que te

busca en la noche, oh mujer.

Cargo con la carga sola del órgano para ti que está en mí, el órgano que te

busca anheloso como un brazo pequeño que quiere transfigurar tu cuerpo.

Sube una energía. Es una energía tremenda, obcecada, llena de furor que

sube y se distribuye a través de todas mis venas.

Cuerpo mío, cuerpo mío afuera del mío, déjame colocar en ti esta energía

que es tuya, pues tiene tu imagen.

Puerta blanda de mi destino, déjame entrar. Déjame entrar, umbral dulce

de mi vida.

No me faltes ahora que la soledad es ancha como un desierto, abierta

como una constelación baldía.

 

Mi sangre te reconoce, sabe dónde estás, dónde guardas la esencia

anhelante de lo que busco.

Mi sangre, ciega y callada bajo mi piel para tantas cosas, para ti es vidente y

lúcida, y conoce perfectamente tu nombre.

Tú te me acumulas con los días, vas sucediendo en los pisos del deseo, te

agolpas cada día como una gana más honda y más alta.

Y llegado el momento estallas como una imagen cuyos fragmentos mis

brazos procuran unir antes que se dispersen en la soledad del mundo.

Pero, dime, yo estoy solo en estos pensamientos? Son míos nada más?

Estos gestos silenciosos sólo ocurren en mis venas, en mis glándulas, en

mis huesos, en mi frente, en mis ojos profundos?

No me olvides, que yo te necesito para ver dentro de mi propio ser, para

encarnar lo que estoy destinado a ser desde los gérmenes.

A la derecha, volteando el rostro, te veo que pasas de pronto, como una

sombra fascinante.

A la izquierda, volteando el rostro, te veo que sucedes de súbito, como un

espectro dulce.

Delante y detrás te veo, volteando el cuerpo. Te veo en todos los puntos,

girando con el alma en el poliedro del recuerdo.

No hay nada como verte. No hay nada como ponerte las yemas encima.

No hay nada como abarcarte con la mano.

No hay nada como entrar en ti, lentamente, como quien silabea una

lengua de frutas invisibles.

 

Aunque tú tienes una estirpe, cómo es que te me presentas sola sobre la

tierra, sin orillas ni orígenes?

Y te me plantas delante, allegándote en la atmósfera que cimbra, como si

vinieras del fondo de todo destinada en soledad hacia mi soledad.

Así, en la soledad, cargado de tu deseo, de cuya ausencia sufro, pido no

pensar en nada, renuncio a todo, como un asceta.

Pero no puedo, tu cuerpo se me multiplica en los ángulos de todo, como

una loca poceta o como un espejo frenético.

A ti, que te he amado largamente, que te he conformado en mis visiones,

vuelvo siempre, vuelves, desde el difumino agresivo de la separación y la

distancia.

Y tú lo sabes? Te enteras de esos regresos tuyos que son enteramente míos?

Sagrada es la mujer desnuda, bien tendida o en posiciones de fascinación

dulce, cuyos fragmentos corporales distribuye algún geómetra divino.

Son trozos de constelaciones, firmamentos curvos que solicitan viaje,

frondas insinuantes del árbol donde todo el saber comienza!

Tú, productivamente distribuida, que tienes tantos puntos hermosos

donde carenar la nave, déjame que mi atributo te recorra y penetre.

Bajaré a descubrir con mis labios la totalidad secreta de tus mundos y te

perseguiré los abismos musitando palabras terribles.

Quiero que tu piel oiga, a través de toda su extensión y sus íntimas

bordaduras, el mensaje de mi corazón entregándose.

Tu ausencia duele, como un hueso quebrado. Duele, como una sangre

quemada. Duele, como una vida rota por el vacío.

 

Tu ausencia me corta en dos, me separa de mí mismo, y me echo a andar

con el cuerpo deshecho, comprimido, rebanado!

A veces, bajo los dictados del órgano, se dispara el recuerdo. A veces, bajo

el imperio drástico del cuerpo, la sangre me pide serventía de mujer.

Arriba se van suscitando las visiones y una energía que sube desplaza todos

los eslabones precedentes, y asienta con fuerza tu vapor desnudo.

Mujer, luna abierta, con sólo separar un poco tus muslos, se organiza el

universo bajo nuevas leyes.

Tu poder de abertura es inmenso: todo lo convocas y resurreccionas, y la

sangre apetece desembocar en ti, como en una patria.

Ven, y no me esperes. Acércate, sin separarme jamás. Búscame tú misma,

con el mismo impulso con que yo te busco.

Ven, oh abeja participante y deseosa, con tus danzas de rotación y

búsqueda.

Sea la refracción de los impulsos, la devolución de los desbordes, todos

mis avances en tu avance.

Éste es el amor que va hacia el amor que viene, oh los dos amores del

amor, sólo así, los dos hacia la unidad ardiente!

Amada mía, hecha de antiguas espumas, criatura loca del aire, sólo yo te

veo en esta soledad de hoy, tan llena de recordada compañía.

Tu cuerpo no puede ser comparado: no bastan las geografías, los vegetales,

los animales voluptuosos.

 

Habría que inventar una lengua nueva para el amor, el esperanto del

perfume y el fuego!

El amor está evolucionando delicadamente. Se está adueñando de zonas

nuevas, y se está abriendo dentro de la frente como una flor desconocida.

 

 

EL DISCURSO DE RUSSELL H. CONWELL

A la memoria de Anel Omar Rodríguez Barrera

 

Es con ustedes mismos, los que consideran que todo ha terminado, o que

hay que marcharse bien lejos para comenzar.

Insisto, por si no me vuelven a escuchar jamás, que deben comenzar aquí y

ahora, en Philadelphia.

Hay que empezar ahora mismo, y aquí mismo, en Philadelphia.

No podemos perder tiempo, ni alejarnos mucho, porque es aquí mismo, y

ahora mismo, en Philadelphia.

Es con ustedes mismos, los que se derraman por el mundo sin encontrar

jamás la tierra de diamantes.

Sabed que la tierra de diamantes está aquí, debajo de nuestros ligeros

tobillos, aquí, en Philadelphia.

No es que Philadelphia no esté en todas partes, es que no hay que ir a

todas partes para encontrar a Philadelphia.

Ahora estoy aquí, y sé lo que digo, y es con ustedes que hablo, y quiero

que lo recuerden, porque he visto que no saben bien cómo comenzar.

Ah Philadelphia, que debajo de nuestros pies extraviados, ahora mismo,

acendra sus diamantes: el mundo no ha terminado!

 

Queda una oportunidad, pero ustedes no la tienen en los ojos,

sendereadores del porvenir, caminantes que no cejan jamás.

Esa oportunidad, la más grande, se encuentra aquí, y ahora, en esta tierra

de diamantes que es Philadelphia.

Todo comienza en Philadelphia, y yo estoy aquí para decirles: poned

mientes a mis palabras. Me iré, y no habrá quién se los advierta.

El que quiera sentirse sólidamente plantado sobre la tierra, eso hay que

luchar por asentarlo aquí, y ahora mismo, en Philadelphia.

El que quiera que la vida camine hacia la dirección mejor, eso hay que irlo

enderezando aquí, y ahora mismo, en Philadelphia.

El que quiera que las nubes pasen más blancas y frescas sobre su cabeza,

eso hay que irlo arbolando aquí, y ahora mismo, en Philadelphia.

El que quiera levantar una casita para casarse y tener hijos, eso hay que

luchar para que pueda ser aquí, y ahora, en Philadelphia.

El que quiera arrancarse todos esos grilletes invisibles que nos han echado

al tobillo, eso es aquí, y ahora, en Philadelphia.

Yo se los digo, porque veo que van perdiendo los pies por entre el polvo,

mirando hacia horizontes ebrios, procurando remotos diamantes.

Hay que comenzar aquí, y ahora mismo, en Philadelphia.

Yo soy un hombre viejo, aunque no lo parezca porque siempre me voy

moviendo, buscando alguna certeza entre las puertas de la ciudad.

He estado en muchas partes, y he dormido sobre las mismas piedras del

desierto, y me fui alejando de los mismos escondidos jardines.

 

Pero a la vuelta de todo, yo les digo ahora que todo comienza aquí en

Philadelphia, en nuestra propia Philadelphia.

Yo me fui con la multitud a East Room para ver el ataúd de Abraham

Lincoln, y supe que el hombre más importante era un hombre sencillo.

Unos días antes yo me senté frente a él, temblando en la punta de una

silla, mientras aquel hombre escribía sobre unos papeles.

Luego los apartó, y me miró con una sonrisa, y me dijo: «Soy un hombre

muy ocupado, dígame lo que quiere».

Le conté a lo que iba, y me respondió: «Puede marcharse al hotel con la

seguridad de que el Presidente nunca firmó una orden de ejecución…».

Me dijo entonces: «¿Cómo va por el frente?». A veces nos desanimamos, le

respondí. Y me replicó: «Eso es normal».

Aquel hombre extraordinario me dijo conversando como un amigo: «Ya

estamos cerca de la luz».

También me dijo con sencillez: «Ningún hombre debe desear ser

Presidente de los Estados Unidos, y yo estaré contento cuando deje de

serlo».

«Me iré entonces a Springfield, y Tad y yo sembraremos cebollas», así me

dijo aquel hombre cuyo ataúd rodearía la multitud unos días después.

Yo vi que su regla era que en todo lo que tenía que hacer ponía su

empeño, y lo mantenía hasta que todo quedaba terminado.

Está sonando la campana del tiempo, buscadores, a lo largo del mundo

está sonando la campana del tiempo.

 

Cierro los ojos, y he aquí que veo los rostros de mi juventud; sé, como

cualquier hombre podría decir al pasarle esto, que ya es mi hora.

Se me va acendrando mi destino, y ya sé dónde se encuentra el punto del

horizonte que guarda los diamantes.

Y digo que para ser importante, hay un solo camino: ser importante aquí y

ahora mismo, en Philadelphia.

Oigo la campana del tiempo, y cierro los ojos, y lo que veo son los rostros

de cuando yo era joven, y procuraba la tierra de diamantes.

Yo estuve delante de aquel hombre extraordinario, que soñaba con el día

maravilloso en que pudiera volver a plantar cebollas.

Ahora estoy aquí, y sé lo que digo, y es con ustedes que hablo, y quiero

que lo recuerden, porque he visto que no saben bien cómo comenzar.

Hay que empezar ahora mismo, y aquí mismo, en Philadelphia.

Esta es mi principal lección: no atiendan tanto a lo otro, aquello que les he

dicho de enriquecerse, y atiendan bien a lo principal, que es sólo esto.

Sepan que nunca como ahora Philadelphia ha de estar debajo de nuestros

pies, donde hemos de soñar con los más vastos beneficios de todos.

Está sonando la campana del tiempo, y es llegada la hora, y hemos de

luchar para que la tierra amada florezca dulcemente entre nuestros

tobillos.

 

 

 

 

 

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