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Lina de Feria
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
linadeferia@cubarte.cult.cu
Pertenece a la Directiva
Biografia

Lina de Feria

Embajadora de Poetas del Mundo en Cuba

Poetisa cubana, nacida en Santiago de Cuba en 1945. Autora de una breve pero intensa producción poética caracterizada por la sagacidad y penetración con que refleja los diferentes estratos de la psicología humana, está considerada como una de las voces más representativas de la lírica cubana de la segunda mitad del siglo XX escrita por mujeres. Entre sus colecciones de versos más notables, resulta obligado recordar el poemario titulado Casa que no existía, galardonado en 1968 con el prestigioso Premio David de Poesía que otorga, en la isla antillana, la Unión de Escritores y de Cuba. En líneas generales, la escritura lírica de Lina de Feria distingue nítidamente entre el sujeto perceptor -el "yo poético"- que analiza la realidad circundante, y la presencia de los seres y objetos cuyo conocimiento pleno aspira a lograr, en un riguroso ejercicio intelectual que elude, desde la honda sensibilidad de la poetisa, el riesgo de incurrir en la frialdad analítica.

 

 

A PARTIR DE QUE ANTONIN ARTAUD DICE:
Toda efigie verdadera tiene su sombra que la dobla
y que en realidad
Tememos a una vida que pudiera desarrollarse
por entero bajo el signo de la verdadera magia

PRIMERA INVOCACIÓN

recostada en los muros aledaños

me niego a la certeza de la sombra

en un debate sin sentido claro
el río ya no es río
sino cuenca
donde los trenes hacen caminos transitando
bosques donde hubo fuego
ardiendo sobre peces de la tribu
y ya ni los mayores sobreviven
al ángel o al patriarca.
hilera somos de una fotografía de ocasión
breve negocio
en el frágil aliento de los aires
alienando la vivez del criollo
que ante el espejo se ridiculiza
pbore rostro antiquísimo
consternado de ser en propia carne
un Ugolino hacia el fondo del planeta.
ahora el grano de oro
es un polvoso libro esqueleteando
una dedicatoria en el librero.
no hay pretextos de viejas tradiciones
sobreviviente abuelo
conocedor de atmósferas y rosas
sino la piedra en el estanque
olvidada del salto que la hundió
estática en el limite
del fósil desprovisto de secuencias
detenimiento al fin
último lance.
compaginar los ratos de otro tiempo
en este reducido a la paciencia
no responde a una obra
no responde siquiera a la extrañeza
de justificar lo inapelable.
esta piel que vestimos
es un cuento dramático de tantos
es una bagatela del silencio
donde el muestrario de la vida surge
alce sin esqueleto
a protegerse de sus propios actos.
tengo vergüenza del pueril
de los vegetativos sueños de aquel rostro
del sádico
del acumulador de hijos sin ideas.
el mundo es una dádiva muy pobre
razonar es penoso
y continuo vertiendo

los mares sobre el policía
y hago las madrugadas desiguales
para sentir el tiempo menos quieto
como una playa transformándose en acantilado
sintiendo lo que nos consume
como pan de la noche
pan para vivir.

I

el flamboyán sigue esperando
desde algún ojo milenario
la continua mutación de Patagonia
convirtiendo los azules del mar
en un vivero de salitre.
si el hueco en el ozono crece
el hombre apacigua su mirada
y olvidado de toda realidad
invoca una Tierra insumergible
mientras que adentro como un cáliz
bebe el fondo de los días
y los cristales reflejan aquel rostro
venido desde Ur
repetido en los bárbaros
y que ahora vuelve a cobrar impulso
mientras pule sus uñas insistentemente
rodeado de trenes electrónicos
como un dios bien libre del ave de rapiña
pero desorientado como nunca
pero desorientado y taciturno
pellizcando su propia mejilla
y haciendo un silbido de animal bucólico
ante el destrozado acueducto de Albear
y ante la estupefacta fuente de la India
sin que existan manadas que respondan
y vengan a hociqueamos la espalda
ni florecitas.

II

decía la señora
que la vejez comenzaba por las manos
y vino un aire de afilados fiordos
-acantilados leves-
y antes que toda arruga pulsara
entre los dedos la gran música
volvió su rostro al mar
deshizo el agua salobre de su cuerpo
y no hubo tiempo para la reflexión
sólo la muerte emigrando
el vivo pájaro de isla en isla.

III

tiembla el acorde
en el transitar de la calle silenciosa
y la mujer quita su rostro
del gran entarimado de la vida
rasga su vestidura
mutila con agresividad lo cotidiano
y se olvida de brindarme
algo del pan que le tocara.
pero bien olvidado
porque en el ojo anida el pozo ciego
por donde caen los años sin tocar el fondo
como en un vértigo
como en la vorágine de la novela
perseguida por su fiera ambulante
hecha toda tristeza
y tan estática como el león del Prado
y tan enrarecida como el otro del Zoo.

IV

retaron los antiguos las contiendas
en la ausente marejada de los años.
ahora somos los mismos
esperando por un caballo ileso
que no arrase la hierba
los mil cuerpos del hombre
las carpas ciegas de una vil montaña
de nuevo sometidos al instinto
de guerrear brazo a brazo
sin saber si la sombra del de enfrente
es el resucitado padre
o mi enemigo.

V

hay manera de hallar
los caminos del tránsito
en los fuegos desaparecidos?
la piedra del antepasado cósmico
las postales de la ceniza
hurgando en el candil
tal vez de soliloquio grave
aventurado de la huella misma.

VI

tengo un rostro
pero concilio tiempos en mi ojera.
larva de todo
creo el horizonte bajo el tedio
y poco a poco me diluyo
reflejo de las aguas
latitud de los agrestes campos
salto de liebre
o sierpe escurridiza
que huye de su agrietada piel
canto de órgano a la media noche
cuando las flores temen su esqueleto
campana dividida de cuaresmas
intuitiva protección de todo
lo que no sea compostura eterna
de los familiares
continua resistencia en el trayecto
al cabo de finales y los mares
en vuelta repentina hacia mi párpado.

VII

álgido brío el del anciano
regando aguas en el sauce muerto
donde ya no es posible conocer
cuál rama vive y cuál expira.
ave inconclusa
reina por su espacio
mientras la tarde acaba su fogata
y una flauta se asoma en el silencio
paso a paso
hacia el árbol de los horizontes.

VIII

la hojarasca de otoño
cubre el asfalto hueco de la acera.
premonitoriamente
el hombre tapia el rostro con la mano
y los grillos se enlodan
y las nubes se tienden
en la lumbrera de los soles
mientras aquel pintor se crucifica
ardiendo como un óleo
entre la espada del mago del circo
y la paleta de invierno de la carpa
agujereada de soledades.

IX

temor en la ciudad de aquellos cides
cuyas historias inventaron sueños
el mito se ha escapado
y ahora el camino palmotea en los cuerpos
buscando revivir los ideales.
pasa el organillero con su mono
y hay el umbral en cada parque quieto.
los mares han crecido
pero el hombre no recuerda
de la familia nada
cobijo de los años en su rostro
cueva ancestral isla de alcoholes
derivando en la fugacidad del siglo.
similitud el rito de los fuegos
donde el cuerpo es ceniza
y la memoria estela.

X

con el paso siguiente
voy a cruzar límites del destino
y podré percatarme de mis actos:
acá un mar congelado
acá la incierta forma de vivir
y un buen dossier sin lujo
acusándome siempre
de mi espacio
donde tal vez hace milenios
corrió la sangre de algún alba.

XI

la vida ha adquirido la forma
de un reloj destrozado por el viento
ahí están el tul
los años jóvenes danzando
por encima del estradivarius
la contraseña feliz del riesgo inmenso
junto a las mataduras y los gritos claros
conmovida taza de peltre
al borde de alguna enfermedad
y los espacios del vacío cruento
alumbrando la vela ensimismada
al pie de la foto donde sonreímos
atados a sombras y más sombras
donde la araña pide apoyo a su fruto
sobre el rostro de los abuelos.

XII

en la escotilla de los mares
ráfaga tiene la profundidad
donde hay ciudades acanaladas
de mal tiempo
neblina de las aguas
en botellas de vinos y tritones.
pero sólo el delfín
dibuja el final de la tierra
allá en el salto inesperado
curvando el cielo
orientándole al náufrago el camino.

XIII

rasgo incipiente
en la buhardilla de ventana abierta
por donde hay alas y canales
culminando la vida de los rostros
y una señora que desnuda
de manteles la mesa promisora
hasta que aprieta entre sus manos
una migaja húmeda
y el agua corre a bañar el siglo
hasta crear nuevos dibujos
con los cuerpos del padre o de la novia
imbricando de luz una rendija
como silente film
velado aire.

XIV

captar el movimiento de las sienes
del viejo antepasado que nos ronda
es el secuestro de hálitos
aleros de la calle enferma
de lluvias repentinas serenándose
mientras el divagar me lleva
a cubrirme de mi propia historia
como pieles de selvas intrincadas
en la humareda de la vega fértil
donde los ojos transparentan
los cientos de volcanes de Spielberg
sin acabar la tibieza en el hombre.

XV

peligro ante los sueños
la desprovista forma
tiene ausentes los ojos
y es pues el gran silencio en la ciudad
lo que habilita portales y paseos
porque parece que todo contenido
en la barroca fachada deslumbrante
vuelve a su cal inmóvil
a la suma de huellas en la columnata
y se refugia la pasión del hombre
como una sombra migratoria
estallando en sí misma
para alegría de todo el que escuchaba
deambular las tristezas de la tarde
demasiado violenta del verano
en el sudor acumulado de la frente
apoyada sin más en la ventana.

XVI

muge la res
y hay un llamado de los soles hondos
por el cuerpo de la serranía inmensa
sesgo del animal en lontananza
mientras la tarde se aglomera
a buscar en el abrevadero fijo
esa otra agua de que hablaba el tiempo
cuya fluidez no detenía la seca.

XVII

el árbol trunco aspira a la memoria
y empapela su tronco de hojarascas
donde quepan historias y ciudades
pero nadie tropieza
con el cielo mortal que lo aquejumbra
ni lo protege de su muerte
tan lenta como el arrecife
en el medio del parque
en los umbrales
gritándole no sé qué cosa
al día que se marcha raudo.

XVIII

la sien en el estaño
dispara lenguas de ceniza al mundo
y el hombre no convoca
la sonrisa tranquila para todos
porque su rostro realmente es un enigma
y ahora es el diferente
con la pasión curvando el entrecejo
como anua a espalda del safari:
nadie le diga el apellido simple
mujeres contra diosas cabalgaron
y como aquel nativo del Perú
los caballos de la memoria
irán tirando por los cuatro costados
y sangre y rastro y cuerpo
al aire en el castillo diluido.

porque cuando nadie lo sepa
llegará quien lo esperó algún día.

XIX

credulidad del aire la espesura
por donde halla la flor su néctar múltiple
y dobleguez de la tierra tan abierta
que dulcifica su sino con el agua.

la piedra rompe como un mal color
y tras la lluvia
agítase el marco
del horizonte crudo.

XX
a Josefina Suárez

cada cual se asoma a los perfiles
jugando a la figura de la vida.
en los sacudimientos del recuerdo
llegan los segundones
las entregas del ambular bordado
en los traspatios donde animales hubo
con la perdida del libro promisorio
cuya imagen alababa
las trampas destruidas
de aquellos cielos por donde iban los caballos
sudorosos de beber la sangre
del niño en el jardín adolescente
y el muslo que se afirmara
por el agua del río
continuando embellecer la tierra
mientras nos olvidamos
de que somos pacas de hierba
confundida en el viento
simple mezcla de aires irracionales
y gestos vengativos
recuperada forma en esa oscura e inevitable
tafia del acontecer
gran nebulosa
marco cuya madera ya ha saltado
de los agudos clavos y humedades
para agrietar la foto en las paredes
aglutinado sueño
conspiración del pájaro en la sombra
amedrentado
que conduce al ausente
a la verdad negar a ser estanque
reflejando otro reino detenido
hasta que cae la lluvia
y en el angosto movimiento del aire
las gotas convulsionan
el mármol que se extiende
entre los charcos
el quito mausoleo
la irónica celebración del comensal de piedra
y en un instante
el paso del caballo
se convierte en carrera
mientras el río sigue transitando
cavidades del fondo van armándose
al mismo tiempo que perviven
los dones más lejanos
mi inquietud bajo los aguaceros
y no se pierde nada en mi existencia
ni el día que se fuga
ni la hora atemporal
ni la nube que desciende suavemente
al ruido mutilado de mis noches.

 

 

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