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Javier Flores Letelier
Nacionalidad:
Chile
E-mail:
javierflores2099@gmail.com
Biografia

El camino al pueblo oculto...

Toma mi mano, no me mires a los ojos si no quieres,
recuerda que soy un hombre enfermo con los días contados...
Toma mi mano, he venido a sentir el calor de tus lágrimas
prende una llama que enfrente el reflejo de tus pupilas en la oscuridad, y mírame arder.
Piensa que estaré bajo el mar, en cualquier lugar donde mi rostro ya no tenga valor.
Decidirás continuar buscando tus raíces...

He construido mi propia miseria
creo que me revela una luz que brilla en el cielo,
pero aun así no puedo dejar de escuchar el grito desesperado
que lanzan los fieles cuando encuentran los milagros
en el castigo de las figuras envueltas en llamas en cada sueño nocturno
y en cada despertar entre lágrimas;
la lealtad entre los esclavos,
la lealtad entre los esclavos; recuerda el amarillo de la piel,
la serenidad después de que las heridas paraban de sangrar...

La solidez natural de la carne de las manos
será para los que cumplen el deber de enterrar con su propia fuerza
a un amigo que fue su padre,
la enfermedad y el destello sobre el granito
que cubre los huesos, la carne y las piedras
en donde se alimentan los cauces de los ríos
hasta las cuencas cercanas al centro de la Tierra
en donde crece el pulso de los corazones que estallarán
justo después de haber procreado,
el perdón y la rebelión ante los secretos que forjaron la forma de caminar,
la sonrisa de quienes te pueden traicionar y robar la vida
el amarillo de los ojos enfermos, de la ternura y de la piedad;
honra a tu madre, la fatiga de recordar tu nombre
hasta la adultez de los cuervos que desprenden la carne de tu espalda.

Necesitamos un nombre para permanecer en silencio frente al fuego
No puedo seguir creyendo más, no quiero creer en el trueno al que mis abuelos temían,
los espíritus ya están en el círculo esperando por la noche,
mi corazón se agita con las luces de los montes, con tu cuerpo desnudo en la ventana...
debo saberlo, dormir con el mismo miedo de siempre, para la serenidad de tus manos,
despertar en las mañanas dentro de mí, para el alma que desaparece,
para nuestros nombres en el eco de los templos de roca junto al mar
en los que los murciélagos conciben sus mundos frágiles y secretos.

El sudor bendijo las frentes de los refugiados, entre el sonido grave del viento en las plantas
y la imagen cegadora de las inscripciones lapidarias.
Los ojos cansados de las aves nocturnas, espiaban el mundo que pasaba ardiendo bajo sus garras,
el fuego tras las visiones de las cruces negras en la oscuridad,
el fuego levantado por los cachorros, dormidos con el polvo en sus narices
respirando el dolor y la miseria en la carne desgarrada de los compañeros.

La esencia cálida del carbón en el viento
tocó la frente del condenado antes del sonido de los disparos,
su muerte dispuesta ante los ojos de aves extrañas, rasgando en la madera pálida
de las habitaciones abandonadas donde el retrato del dictador enmudece
y envenena la sangre de los que aún pueden correr por sus vidas.
La sangre llenó la visión de la luz debajo de cada roca,
las alas imaginarias de los terrenos desbastados,
el ruedo del alma de las máquinas
impregnadas con el olor de los alimentos descompuestos
que las criaturas perseguidoras del sol de la frontera
cargan como el aliento del fuego consumido en la última piedra de la ciudad.

La aurora del humo en el polvo se carboniza en mi vientre,
y los que han sobrevivido observan sus cicatrices
como a imperios malditos que no desaparecerán,
en un dolor agudo los ríos se derrumban en la madrugada
en los huesos y en la calidez de la carne como puñaladas ciegas...
la memoria es una bestia más grande que cualquier fuego
que se pronuncie para acallar esos ríos,
los demonios de los recuerdos acarician el espejo
y las velas se prenden para recibir las lágrimas de las sombras;
el río y el color de mis venas, el rastro de la sangre seca en el pavimento
después de las peleas de barrio,
después de las luces que el alcohol
roba de los nombres de los territorios desolados
y se encuentra la paz momentánea, el amor eterno,
el amor que nos dejará, el amor que no nos atrevemos a pronunciar...
el río y el color de mis venas,
es lo que puedo ofrecerte para ser el padre de tus hijos,
es lo que puedo sacrificar de las sombras de los animales
en los caminos de tierra, en mis recuerdos como hijos del sol
y hacer volver a nacer la lluvia
apretando tus manos y enfrentándote a los ojos,
confiarte el secreto del viajero rebelado del que todos hablan
como el hijo de la tierra,
o como el mito que los guardianes de las fronteras
enfrentan cada vez que empuñan sus armas,
su final, el final de sus ojos violetas por el mundo de recuerdos reflejados,
derrotados y soñadores por la perdida de sangre
en su decisión de enfrentar a la justicia humana
con el color de la sangre que no distingue las heridas del cuerpo y del alma
dando el poder a sus niños que rogaban al cielo y pedían al mar
salvar la existencia de las sombras de su padre ante cualquier consecuencia.
Volvería a vivir todo este destierro por cualquiera de ellos;
recuerdo el fuego del cansancio de su voz
cada vez que me alejo de las luces de la ciudad
para buscar la tierra entre las oscuridad de las noches de aire frío y fuegos fatuos
a la que llegaron los conquistadores perdidos
en las sombras de las trazas de sus manos,
destruyendo todo el nuevo mundo que abrían a su paso,
forzando la voz de mujeres mal heridas
intentando encontrar en los dibujos de sus vestimentas ultrajadas
las voces de sus hombres todavía invocando el alarido del cielo
desde sus corazones cruzados por las mismas armas construidas
para proteger el alma de los hogares de la memoria eterna
de las guerrillas bajo las tormentas...

Las calaveras en la oscuridad

El fuego en mí...
No se ha cumplido la promesa de mi muerte, mujer,
y tu voz comienza a borrarse de los colores de mi mente
para esta nueva vida, más seguro de mis pasos,
de la crueldad y la inocencia de los fantasmas del desierto, de la tristeza del viento rozando los ojos dormidos
de los animales muertos en la carretera...

Díganme ahora, mujeres de mi memoria,
¿quién es esa niña con la cara sucia que está llorando en los montes?,
¿es uno de los colores de tu espíritu
o la conclusión de la sangre que he perdido? ¿pueden escuchar mis conversaciones con la oscuridad?, o sólo ríen como siempre semidesnudas en las calles
cantando o susurrándose entre ustedes
sobre quién será la próxima víctima en la ciudad
y quién se rendirá en la mitad de la noche
para ver la marcha triste de los ángeles recitando las letras del pavimento...

Ha pasado el tiempo y he perdido todo
por poner mi fe en el azar,
pasó el tiempo de mi nostálgica adolescencia
y el del reencuentro con la muerte,
pasó el tiempo de los grandes amores:
mi alma dio su último gemido ante los rostros sabios de las calaveras,
pasó el tiempo de los pasajes de tierra húmeda
en manos de desconocidas ansiosas
por sentir estallar pronto el amanecer en sus pupilas;
ellas siguen ahí y sus rostros son cada vez más fuertes...
Ahora nuevas voces de mujeres cansadas,
más jóvenes y sabias que yo
de las que no me atrevo a tentar su oscuridad
me muestran el barrio
que no pude ver antes detrás de las cruces candentes
de la revolución,
sus manos que en las épocas del miedo
hacen temblar la madera
y los cuerpos de los animales muertos
bajo las sombras de los árboles...
¿Quién eres?, ¿cuál es tu nombre?,
debes tener una voz y un nombre, ¿quién eres?, ¿cuál es tu nombre?,
las voces no cesan y mi corazón se fatiga,
derramo algunas lágrimas y el camino se hace más claro,
pienso en el camino y siento mi carne amarga,
después de mucho tiempo
las ruinas de la ciudad, parte de las nuevas calles
en donde se disputa entre la sangre nueva el deber y la venganza,
mis límites quebrarse otra vez y volver a la confusión de la noche;
se abren los pasajes a la fuerza,
se llenan de flores y de escritos que hablan de libertad y violencia
y voy a buscar al lugar más alto
del monte que creo con voz de niño y de hombre, natural,
la oportunidad junto a los rayos del sol
para tomar lo más pequeño y eterno sobre la tierra,
un par de ojos oscuros y emocionados...

El fuego en mí,
el fuego en ti,
a la ciudad nada le importa,
ni tu infancia ni la mía,
ni el dolor en los rostros de las rocas,
la melancolía de haber nacido frente al mar
y recordarlo sin obtener respuestas...
¿Qué haces planeando canciones para el futuro?
rompe tus venas, quiebra tu voz esta noche conmigo...
Los corazones de las aves se desangran
sobre las piedras que ellas escogieron para morir
peleando por sobrevivir,
en mis sueños vuelven a existir
aquellos imperios iluminados siempre
por los ojos serenos del misterio.

Pequeña luna en tus ojos

Entre toda la vida de humillación y desprecio, entre toda la vida entregada a la tristeza y el placer,
te encuentro, después de haberte odiado
hasta olvidar mi verdadera voz
sentada con frío
esperando la mañana.
Dos mundos están perdidos...
¿qué fantasmas errantes
hay detrás de los espejos?
nosotros los errantes preguntamos
-pero no hay respuesta-
¿quién vendrá a buscarme
cuando viejo, cuando ya me sienta viejo
y quiera contemplar el mundo brillante y sonoro
con el que me desvelo?
-sólo el viento corre
y nos parte los labios y nos cierra los ojos,
y arden porque ya nos hemos visto
caer antes en silencio,
hemos visto todo,
excepto vernos crecer.
Hemos visto las lágrimas en los viejos;
pero jamás en nuestros padres...
no me mires así,
no me mires sufrir;
no ahora en el final.

Reseña Biográfica
Javier Flores Letelier
, soy chileno, tengo 28 años, y fui parte de la antología de cuento y poesía realizada por el sello Editorial MagoEditores de Chile en la sección de poesía, y de la antología desarrollada por la Editorial Alea Blanca de España, con selecciones de textos del fanzine Elefante Rosa. He publicado en diversos medios electrónicos tales como Palabras Malditas, Remolinos, Café Literario, Litterae, Cinosargo, entre otros, como también he participado con textos en instalaciones artísticas como Experimento Colector, desarrollada por el grupo Libre Configuración de España y en lecturas poéticas pertenecientes a la Feria del libro del Parque Forestal, en Santiago de Chile. Hoy formo parte del colectivo artístico Río Negro y colaboro con la revista electrónica Café Literario.

javierflores2099@gmail.com

 

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