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Luis Armenta Malpica
Nacionalidad:
México
E-mail:
Biografia

ME APRIETA MUCHO DIOS SI ESTOY CONTIGO.
Incomoda llevarlo entre la ropa.
Se cuela entre mi voz.
Se adueña de mis manos mis caricias
y hasta se vuelve un aire irrespirable en mis oídos.
Es un licor ardiente dentro de un vaso roto.
La sed más imposible de mis venas.
Ni hablar si estoy desnudo:
sus aceites me abrasan y recuerdan que también hay un dios
para la carne.
También me mortifica hablar de Dios en público
no es un tema común de los poetas.
Tampoco entre los hombres.
Pero no cambio a Dios por ningún otro
ni por el dios de Dios
ni siquiera por ti
mi dios profundo.

* * *

EN LAS CERTEZAS DE LA VIDA
en su espacio íntimo
podemos ser
y estar
solos.

Pero el dolor
¿escapa con la luz
cuando al cerrar los ojos muere desamparada
la imagen que tenemos sobre el mundo?

Aquí estuvo la luz
hace millones de años, parece que nos dice el párpado obturado del dragón de Komodo, el pétalo marchito de la rosa o la veta con hongos de la piedra caliza. Su desaparición no fue inmediata. Primero fue una niebla la que amuebló las huellas de los seres que se movían despacio por el agua. Después el fango que escurrió de sus cuerpos al ir quedando inmóviles. Al final era polvo lo que sobresalía de sus tumbas. Así nació el olvido.

Si olvidamos la luz, siempre regresa.
Apenas se abre un ojo, su creencia se extiende y lo ilumina. Ni la muerte que recubre los párpados con el azul del agua puede negar que existe. Ni los hongos que ennegrecen la voz en el esófago. La luz es la memoria que se olvidó un instante y se volvió infinita. Pero siempre regresa, desde la negación del pensamiento, a la naturaleza, a la carne, al instinto. Inclusive la roca, que una vez se movió [al inquietar sus pasos], quedó clavada en tierra para siempre por el astil de luz de sus preguntas.

Así como la luz es un cuestionamiento
el dolor es un ojo que nos ve desplazarnos o desplegar raíces. Posee, de la misma manera, su neblina y su mosto. Es de la arcilla pálida que le sobró a la piedra, al polen y a la escama. Carece, por lo tanto, de toda cualidad de la salivación de los dragones y puede ser pinchada por la rosa del llanto sin encontrar consuelo. El dolor se acomoda en los hombres en su costilla falsa. Pero nada es más cierto que el dolor que produce en los pulmones o la incapacidad del canto en su garganta. Es el parto de sangre para la última rosa. El réspede que lo une a lo ancestral, a lo más primitivo de las piedras. La calcificación de la luz hace de nuestro cráneo el hogar prodigioso para los caracoles que pueden ser los ojos. Siempre cambian de concha, pero nunca de luz.

El dolor de la luz se ha forjado en el fuego de todas las preguntas
entre todos los hombres. No hay ningún inocente. Tampoco responsables. La vida es ese andar oblicuo del cangrejo [también un ermitaño] que busca alguna cuenca para formar su casa. En su inmortalidad imaginaria parece desdecir lo que ha vivido: cada paso que borra es el paso que ha andado. Igual hace la piedra [de modo sigiloso]. Podemos suponer que la roca es un cangrejo muerto que ha tapado el olvido con su polvo, que confundió la cuenca con la tumba. Pero sería inexacto. La roca, mientras más ignorante, más se mueve. El animal más sabio se convertirá en piedra. Sin más por descubrir. Sin nada que lo inquiete. Ni siquiera la luz, pues su divinidad es indolora [los hongos necesitan de lo oscuro, de la humedad del pecho, por donde corre el llanto de lo que no se dijo].

Así llego al dolor: ¿por qué tu enfermedad me ha convertido en roca, pero una roca
oscura, con ceniza del cielo?, ¿el amor no nos basta para sellar el pecho al dragón que es inmune a los otros dragones o al polvo que reseca el estambre con el que nos tejimos? ¿Debe morir la flor sin darse cuenta? ¿Era extensiva la maldición genésica a todos los reptiles? El hombre no renace del humus de sus muertos. El hombre no camina. Se arrastra por la tierra. Hasta quedar exhausto, como roca... sin su sabiduría. Convidado a la luz de un fuego primitivo que siempre le resulta doloroso, que incendia su garganta aunque guarde silencio. Y derrite sus huesos y su sangre. Y lo que prolifera son los hongos de una mala experiencia de la infancia, el rencor, la impotencia, los duendes que crecieron a costa de una risa que se nos va apagando, de los ojos que casi se nos cierran, del ogro al que le queda chico nuestro cuerpo y el amor que pudiera atravesarlo. No hay astiles. No hay luz. Lo que fue en el silencio cubre otra vez al mundo.

Dejo la flor de la esperanza en estas páginas que yo mismo enveneno
antes de darles vuelta [en nombre de la rosa].
Debo cerrar el libro de mis ojos.

Y sin embargo
[como todo se mueve]
me pongo de rodillas
[lo más quieto que puedo]
y busco algo de Dios en tu mirada.

Si tu fin está cerca [la parte de tu muerte]
pido al Dios del dragón que me permita realizar entre mis huesos fláccidos
una antorcha
para arder el veneno
que te apaga
suplico al Dios de la rosa alguna espina [que yo puse]
para rehacer con ella mi costado
ruego al Dios de la roca hacer un zapapico con mis ojos
para llenar el mundo de agujeros [la parte de tu muerte] por donde entre
la luz de la esperanza [que me doy].

Si todo fuera inútil
[por el dolor inútil]
pido al Dios de los hombres que me otorgue una muerte
[la parte de tu muerte que me doy]
tan cierta como lo sea tu muerte
[la parte de tu muerte que yo puse]
para estar los dos
juntos
[ya muy quietos]:
el uno iluminado por el otro
compartiendo una piedra
inmarcesible.

* * *

SOLO NOSOTROS SENTIMOS ESE RUIDO
que hace el amor adentro
donde el aire es más leve y nos convoca.
Si supieras qué estrépito me cargo en las arterias
vendrías corriendo a mí
para callarme a besos
así como se callan los pecados.
Será porque anduvimos la ciudad en un río con sus lluvias y sábanas calientes
que yo supe de ti la trayectoria exacta para llegar contigo y aprendiste de mí
esa forma inexperta de compartir los sueños.

Vi en tu sonrisa un mar inhabitado.
Interrumpías mi música para que te escuchara y tu cuerpo era un aire inundándome de olas. Me tocabas -recuerdas- igual que un niño palpa a los batracios [entonces daría un brinco] y me faltaba el aire y me estremecía el agua.

A qué vino pensar en el futuro si el presente no existe: si nada más vivimos
cuando amamos.
A qué decirte amor vamos viendo el silencio de nuestros propios ojos
lo que esconde la piel incircuncisa.
Ya la piel no me importa; pero tu voz, tus ojos, tu sonrisa, tu tacto cómo
los recupero.
Me sirvo un vaso de agua y el mar te trae de vuelta. Oigo un disco
cualquiera -el de Lisa Gerrard [Labàs, song of the drowned]-
y el silencio
deja una capa espesa de semen
en mis manos.
No nos hizo falta Eva.
Pero Dios, que hizo a Adán multiplicado
por qué nos daría el agua si la sed es prohibida.

Agua, donde fuimos procreados
-peces + tal vez +anfibios para que luego el aire nos incendiara el pecho.

Aire que mueve el mar... y nos ahoga.

.

Luis Armenta Malpica [México, D.F., 1961. Radica en Guadalajara, Jal., desde 1975]

Diplomado en literatura por la Asociación de Autores de Occidente, de la cual es socio fundador. Miembro de la Red Nacional Autónoma de Talleres Literarios, de la Asociación de Clubes del Libro, A. C., de la Alianza de Editoriales Mexicanas Independientes, de la Sociedad General de Escritores de México, del PEN Club Internacional [centro Guadalajara] y de la Unión de Escritores de América [sede Colombia]. Socio foráneo del Club des Poètes de France y de la Asociación de poesía Prometeo, de España. Director de Mantis editores.

Ganador de una treintena de reconocimientos nacionales e internacionales en poesía, cuento y novela, entre los que destacan los premios \'Clemencia Isaura\', \'Efraín Huerta\', \'Ramón López Velarde\', \'Alí Chumacero\', \'Benemérito de América\', \'Amado Nervo\' e Iberoamericano de poesía \'Continentes\'. Expremio de poesía Aguascalientes, en 1996.

Autor de los poemarios: Voluntad de la luz [Mantis editores, 1996; segunda edición, bilingüe, versiones de Françoise Roy, Mantis editores y Écrits des Forges, Canadá, 2002], Cantara, incluido en El mundo era un prodigio [UNAM, Col. El ala del tigre, 1998; seleccionado por Excélsior como uno de los mejores libros publicados en dicho año], Terramar, incluido en Tercer premio nacional de poesía y cuento \'Benemérito de América\' [Universidad Autónoma \'Benito Juárez\' de Oaxaca, 1999], Des[as]cendencia / Des[as]cendance [Traducción y versiones de Jacky Santos Da Silva y Gabriel Martín. Edición bilingüe, Écrits des Forges y Mantis editores, Canadá, 1999; primera reimpresión, 2000], Vino de mujer [Ediciones la rana, del Instituto de Cultura de Guanajuato, 2000], Nombradía ―desde el hielo anterior, incluido en Primer Concurso Iberoamericano de Poesía Neruda 2000 [Municipalidad de Temuco, Chile, 2000], Ebriedad de Dios [Ediciones Monte Carmelo, 2000; segunda edición, bilingüe, traducción de Françoise Roy, Écrits des Forges, Quebec, 2004], Luz de los otros [Ayuntamiento de Ciudad del Carmen, Campeche, 2001; Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, colección Carlos Pellicer, 2002], Ciertos milagros laicos [Mantis editores, 2002] y Mundo Nuevo, mar siguiente [Espejo de papel, Monterrey, 2003; segunda edición en Literalia editores y Secretaría de Cultura de Jalisco, 2004], La pureza inaugural [Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit, 2004] y Sangrial [con Ricardo Quijano. Mantis editores, colección Liminar, 2005].

Cotraductor de Cette nudité chauffée a blanc / Esta desnudez al rojo blanco, de Éric Roberge [Edición bilingüe, Mantis editores / Écrits des Forges, 2000], Una sonrisa apenas / Un sourire à la limite, de Dominique Lauzon [Edición bilingüe, Mantis editores / Écrits des Forges, 2001], Navíos de guerra / Navires de guerre, de Élise Turcotte [Edición bilingüe, Mantis editores / Écrits des Forges, 2002] y Los cuatro estados del sol / Les quatre états du soleil, de Jean-Marc Desgent [Edición bilingüe, Mantis editores / Écrits des Forges, 2002], En el delta de la noche / Dans le delta de la nuit, de Élise Turcotte [Edición bilingüe, Mantis editores / Écrits des Forges, 2003] y Acelerador de intensidad / L\'accélérateur d\'intensité, de André Roy [Edición bilingüe, Mantis editores / Écrits des Forges, 2003].

Su trabajo narrativo, poético y de ensayo aparece en diversas antologías [en inglés, francés, italiano, ruso y español] de México, EU, Italia, Rusia, Argentina y Chile. Ha publicado en revistas de latinoamérica, España, EU, Rusia, Rumania, Canadá, Francia, Bélgica, Luxemburgo, Marruecos, Senegal e Isla de la Reunión. Libros y poemas de su autoría han sido traducidos al inglés, francés, italiano, ruso, alemán, rumano, árabe y portugués.

Obras: Voluntad de la luz, Cantara, Terramar, Des[as]cendencia, Vino de mujer, Nombradía ―desde el hielo anterior, Ebriedad de Dios, Luz de los otros, Ciertos milagros laicos, La pureza inaugural, Mundo Nuevo, mar siguiente y Sangrial. Traductor de Éric Roberge, Dominique Lauzon, Élise Turcotte, Jean-Marc Desgent y André Roy.

 

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