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Salvador Medina Barahona
Nacionalidad:
Panamá
E-mail:
medinabarahona@yahoo.com
Biografia

Salvador  Medina Barahona

Cónsul Provincia De Los Santos - Panamá

Poeta, ensayista, editor y gestor cultural. Pedasí, Panamá (1973).

Autor de siete libros de poesía, entre ellos, Pasaba yo por los días, Premio Nacional de Literatura "Ricardo Miró" 2009,   el más prestigioso de las letras panameñas.

Artículos de opinión, ensayos breves, reseñas y poemas suyos han aparecido en múltiples diarios, revistas y suplementos literarios, entre los que destacan: "Black Renaissance Noire", Universidad de Nueva York; "Carátula", a cargo de Sergio Ramírez, Nicaragua; "Círculo de Poesía", México; Revista Cultural "Maga"  y "Temas de Nuestra América", Panamá; "Quadrivium", Universidad de Puerto Rico; "La Raíz Invertida", Argentina; "La ZëBrA", El Salvador, y "El Cobaya", España.

Traducidos al inglés, francés, ruso, griego y mandarín, sus poemas forman parte de diversas antologías de poesía, entre ellas: "Jinetes del Aire: Poesía contemporánea de Latinoamérica y el Caribe" (México-Ecuador), "Poesía panameña del siglo XX", comisionada por Olver Gilberto De León, la Sorbona, Francia (ediciones Patiño, Suiza), y "A City Hemmed In with Radiant Beams of Poetry", Chengdú, China.

 

OJOS

 

Estoy parado frente a los muros del tiempo,

a dos pasos del abismo entre la Nada y mi nada.

 

Quiero demoler los relojes.

Quiero al menos morderlos hasta quebrar sus manecillas

y hacer de mí un cuerpo herido por lo ausente.

 

A dos pasos del abismo, sé que me quedo en casa,

sé que pueblo el aire que se eleva entre dos mitades

que son ya como la Noche y mi noche.

 

Me quedo en casa,

dulcemente,

como lo que duele,

 

y alguien se aleja de mí

en dos rutas vedadas y tardías;

alguien que dice mañana por entonces,

entonces por mañana;

 

alguien que suelta las horas y su fardo de angustias

en naufragio.

 

Alguien que sutura la caída,

  • ocupa mi soledad,

 

fuente de olas altas,

 

líquido amargo.

 

 

OLVIDO-OLVIDO

 

Vengo de celebrar mi olvido.

Vengo de mí hacia ti, corazón del tiempo, ¿qué te hiciste?

¿Estás aún en esa plaza antigua más allá de lo que ven mis ojos?

¿Te levantas y huyes otra vez, herido de noches y mortajas?

La vida me sucede en sus preguntas

y del labio al minuto todo arde.

Echo un vistazo a mi melancolía

y es tarde ya para que asome el desconsuelo.

Solo quiero vivir,

sentarme frente al hogar de las presencias que amo,

incinerar los testamentos de la jauría que me persigue.

Así sabrán esas bestias de mi escape sin retorno.

Así sus fauces horrendas dejarán su saliva asquerosa

colgando de la más débil levedad.

Yo vengo de celebrar mi olvido.

Vengo de conocer esa otra cara confusa de la luz.

Todavía persigo un sueño y, mientras dure,

el olvido-olvido renunciará a mis nombres.

 

 

LETANÍA DE UN HOMBRE SOLO

 

1.

 

Es todo lo que puedo, dijo, y fue uno con el aire.

Las hormigas supieron que su verdad era infinita.

Los osos perezosos y los talingos, que no despertaría más

que al duende solitario que dormía detrás de su oreja.

Alguien le creyó porque no fue visto nunca más entre nosotros

y de seguro su mitad de sangre anidó

en los confines del dolor más áspero.

Hijo fue de la indiferencia, hermano bastardo de una nube

en la mitad del agua…

Dijo que las noches no serían las mismas sin él.

Y se marchó calladamente,

pensando en la otra celda que lo esperaba, cerrada,

en el vacío.

 

2.

Espejo de mí, su fábula me hiere.

He pensado mucho en la existencia de dios en estos días.

Como aquel hombre, no encontré nada más que un adelanto de paraíso

en el beso de un par de adolescentes turbias que se resistían a abandonarme.

(Pobres, ya tendrán su desventura. No fui capaz de decirles

que la joya de sus años dura lo que una séptima ola y que,

para no ahogarse, hay que saltar sobre ella

y fingir que dios existe.)

 

3.

Abucheado por el silencio de las multitudes,

no hallé paz en el poema. Me dio lo suficiente: su limosna.

Escribí para amar a los que no me amaron.

Naufragué en la palabra

y ahora solo quiero que me dejen en paz.

 

4.

A veces me atrae la lucidez;

vuelvo a ver aquel paraguas amarillo

cruzando por las calles de mi vida.

No alcanzo aún a descifrar el valor de su hazaña

delante de mis ojos.

Pero no quiero que se cierre;

debajo caminan dos enamorados

que tal vez compartan conmigo un poco de su dicha venenosa.

 

5.

Mi padre, ya un duelo obligado entre mis versos,

me habría dicho que la fiesta

es la salvación en los días difíciles.

Pero, cuando bailaba, con quién bailaba,

en qué ritual pagano agitaba su cópula de humo,

cuántos fueron los que, bajo su pie marchito,

esperaron su caída.

 

6.

Me da soledad el miedo (y premonición el recuerdo).

En la cama de un hospital como aquel que habité

en el Barrio de Salamanca, se jugó la vida una de las mujeres que más amo.

Nadie lo comprende. Solo quise que se fuera después de mí.

 

7.

Escribo junto a una mesa que sostiene un ejemplar de las obras completas

de un tal Shakespeare, jardinero de palabras.

Sobre el ejemplar un pequeño búho de sobaco ilustrado mira hacia no sé dónde.

El tal Shakespeare me mira con el peso de sus obras

dinamitándole las cejas: “¿Ser o no ser?”, le pregunto.

El pequeño búho gira su cabeza nocturna,

me hace un guiño opaco,

alza el vuelo.

 

8.

Hay un pequeño animal de cuatro patas y media cola junto a mí.

Esa pequeña cosa es mi perro,

esa amorosa criatura que da brincos tantas veces

como triste se sienta mi corazón;

él, que lleva el corazón agitado en su cola mutilada:

él, tan dulce vid estremecida para mí, luz de sus ojos.

 

 

BREVE LICOR PARA OLVIDAR LAS PENAS

 

Te dijera que de este pedazo de altura

te hicieras un corpiño.

Que lo usaras, te dijera,

como una piel humana

sobre tu cuerpo.

Así como los milagros

se escaparon de mi vida

cuando quise,

se escapara, ojalá,

tu peor pesadilla hacia la muerte.

A los que poco saben sobre mí

cuando la tarde,

furiosa,

amarillece,

les besara un poco con mis lágrimas;

mis abrazos para qué, si estamos lejos.

Cantara yo, borracho,

mi última canción

bajo la cal del norte.

Despertara yo después

sin el peso del mundo

en mi cabeza.

Recordara a quien se fue de mí,

dejándome una zanja,

una vela apagada en el corazón.

Me aplastara al fin la noche

con su ilusa construcción de fuegos.

Temblara el mismo frío.

Danzara el silencio en mi palabra.

 

CAER

 

Me veo dentro de la garganta del sol.

 

El sol se ha vuelto oscuro. Un despeñadero oscuro.

Por él me pierdo. Caigo. Me vuelvo sombra:

 

Ya no soy su música amarilla.

Ya no lo hago acuchillar su luz,

escupir en mí sus llamaradas…

 

(Quién dice que la sombra es siempre una catástrofe.

Quién dice que no se puede abandonar al sol,

hurtarle, en la fuga, un pedazo de luz,

volverse uno mismo luz, relámpago,

subir y estallar por donde se ha caído.

 

Subir, y acomodarse el dolor;

iluminarte la sangre, madre mía;

el sexo, mujer mía;

la vida entera, hijos que no tendré.)

 

Para que nadie olvide que he caído, Subo.

Para que alguien muerda un trozo

de mi labio ya cortado, Caigo.

 

Esta es la voz de mi ceniza. Hágase aquí

la voluntad del viento.

 

 

 

 

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