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Mario Nandayapa
Nacionalidad:
México
E-mail:
Biografia

UN HOMBRE SABE LEVANTAR SU CASA

Sólo después de haberla mirado tanto
comparando tantas puertas y ventanas
pisos y tejados y domicilios,
pasillos y escaleras,
porque siempre hay una escalera para llegar a la calle.

Esta ventana mira siempre hacia el poniente,
hacia los últimos restos de la luz que nombra la tarde.
Esta ventana se abre cada mañana
y despierta cada mañana porque alguien mira.
Todo es motivo de la luz.

El hombre que canta celebra
y su canto es su casa
cerca del cielo de sus palabras, porque canta,
cerca de todos los seres, porque canta,
cerca del sueño, porque canta.

El atardecer enseña su frente
pasada por el tiempo de una vida,
pensando que el otoño modifica sus alas
en el vuelo manso de ciertas gaviotas
en el ruido del mar sobre la arena
que cae desde un reloj ya sin olvido.

Un hombre que sabe hacer su casa
reconoce, primero,
la noche afuera de la puerta
y el día ciertas veces en la nada.

De la luz repasa el cristal y de la sombra el reposo,
establece contacto con las libélulas y hormigas,
con las hojas que piensan todo el tiempo en la lluvia.

La ciudad entrecierra sus ojos
ahora que hay menos mundo para la piel de este día.
La ciudad entrecierra su mundo
ahora que existe un atardecer en estas palabras.

Un viento helado reúne los
cuerpos que octubre había convocado a las calles
dispersa las cenizas de los muertos.

El tiempo sigue su curso
con la certeza de lo que crece inalterable,
mientras hacemos y deshacemos nuestras cosas.

Estas palabras resteñan cierta ausencia,
estas líneas que izan su vela de barco
mueven sus remos en el agua aciaga de la tarde.

Entre los pinos de la montaña se levanta la luna
como otra palabra que se dice a sí misma,
como una ceremonia que el atardecer
ejerce sobre la fascinación del mundo.

Es un momento entre las aguas de un día.
Es un lapso de belleza que lo inmemorial recrea
con invisibles manos
para la tarde en sus límites de niebla.

Vencerá, entonces, la luz de la palabra,
de la palabra que estuvo esperando esta puesta de sol
para atestiguar a favor del otoño.
Se levantará como un fuego
la declaración de las horas
que justifican la persistencia.

En el borde más suave del poniente
estas palabras acarician el plumaje del ave nocturna
y develan el amor de una nube sobre los árboles,
para responder a las dudas
con una tarde que es un anuncio lluvia,
una tarde alejándose como un vestido de novia
que la brisa del mar recuerda.

En mi mirada se van encediendo las primeras luces.

.

TU TAMBIEN CREES EN EL OTOÑO,
en ese lento viaje con una tarde
que comienza a ser azul
mientras que recuerdas que tu vida
se aparece bastante a la tarde.

La lágrima de una luz intensa
puede ser secada con la memoria de una sonrisa
que te devuelve el amor
que el trueno permite el camino.

El tiempo,
crece como un amanecer diariamente.

Hay un río donde los peces sueñan el mar
en una gota de oxígeno. Hay un hombre
que mira el mar pensando en el sueño del río.

Hay momentos así
para colmar con palabras el alma desierta.
Hay tardes vestidas con la sombra de un árbol
donde el sueño adquiere de pronto el nombre de un mar.

Pasan nubes
como seres que olvidaron su origen,
su pertenencia a las cosas
que obedecen a la lluvia.

La luz devuelve sus espejos.
Las aguas del tiempo
salen a relucir gotas
abriendo las ventanas de una soledad
para dejar entrar los espíritus de la tarde
con todas sus sonrisas.

La ciudad que se queda mirando las cosas que dice la lluvia. La tarde

confiesa ser hija de la luz
resplandece en infinitas gotas sobre los tejados.

El tiempo perdido se desvanece
en el hondo aroma de la magnolia.
Hay señales de luciérnagas en penumbras
por el cuerpo sutil del martes
que la lluvia de esta tarde besa con infinita ternura.

En mi memoria se levantan algunos niños.
En mi mirada se encienden las luces de un barco.

La lluvia es una persona que se pone a conversar.

.

HOY MIERCOLES DE NEBLINA,
es un día que su tenue claridad sobre el valle.
Desde un tiempo así, les escribo.

Es temprano para la edad de este marzo aciago.

Esperábamos la lluvia recién hasta mayo,
como le corresponde un invierno conocido
pero una de sus hijas halló puerto
en la tarde que a todos nos hizo guardar
la tibieza y el hechizo.

El tiempo a mediodía se quita algunas nubes.
El tiempo tiene pasaporte en la mano
para atravesar el país de la nieve
por eso la lluvia se despertó antes que el recuerdo.

Hay mujeres que parecen haber sido madres
para ser feroces,
hay hombres que parecen haber sido padres
para ser tenaces,
pero ser padre no significa morir por la vida
ni ser madre significa vivir por la muerte.

Una música vecina no tiene dolores de parto
y da alumbramiento,
logra vencer la serpiente
que se empecina en ahogar una canción.

El mundo así es la jaula de oro del pájaro
el mundo es así la piedra de toque del alba
que al atardecer desgrana de una mazorca infinita.

Pero detrás de ese mundo,
en el fondo de su memoria,
toda vida es un canto que podría esparcir fecundo
el viento, salvo la oscuridad del cansancio.

Si canta la estrella que resplandece
con la callada melodía de selva,
si se torna posible desquitarse el vacío de la desmemoria,
si la palabra resurge de sus cenizas,
mi corazón está en la luna de la noche sobre los árboles,
porque el río se debe a la inclinación de la montaña,
porque los días son invención de pura luz,
mi palabra acerca sus manos al mundo
para distinguir el tacto en sí de su evidencia,
el resurgimiento de la materia
asumir la con la condición de un invierno sin límites
en las inmediaciones de un mes ganado a la desdicha.

Esta soledad de palabras dispuestas al borde de una hora
es una puerta al cariño por la ausencia del agua.
Esta soledad es un momento alumbramiento su permanencia de braza.

La quietud es la perfección del movimiento,
el instante preciso en que la fecundación
madura su vuelo de pájaro.

Nada está perdido aún en el tiempo
cada quién, a su manera, es paciente hormiga
con las hojas de su árbol.

Este breve tránsito otra vez cambia el sitio
de su ser momentáneo en mí.
Estar en una habitación con el pequeño cielo
de una ventana
pasar por una mañana envuelto en su agua.

Atravesar un tiempo que gotea sus horas de marzo,
como regresando por un sendero de montaña,
saber que la grandeza es una altura
indomable para la ambición del objeto preciso.

Este cuerpo pasajero se despide con cada atardecer
simplemente va cediendo pertenencia al polvo,
a su callada materia de olvido.

La piel se mira en el reflejo de una tierra
que va resintiendo las sequías, los inviernos,
el breve lapso para admirar los árboles
que las estaciones desnudan o abrigan.

Es inevitable.
El ser de lluvia se convertirá de sustancia,
adquirirá otros dones.
La memoria será el recuerdo de un instante.

Y es que uno se acostumbra terriblemente
a las líneas paralelas que demarcan las calles,
las ventanas de un piso, los horarios que establecen
la necesidad de luz.

El hábito de la sombra atenúa la realidad
inscrita en los desprendimientos de una roca
que tiene acceso a un tiempo medido por un árbol.

Todo es una apreciación distinta
de movimientos impasibles alrededor de una pregunta.
El impulso vital de tomar aire
porciones invisibles de verdad
la comprobación de la existencia invariable
de un acto de nube.

La tarde ahora se deshoja de marzo,
de la lluvia caída de improviso
hasta las seis con un anuncio de campanas.

Después la ciudad se vuelve otra cosa:
un lugar para que las imágenes de un tiempo mejor
disipen la neblina.

En el silencio minucioso del poniente
se van despertando los acordes de una canción
sostenida por piedad la calma de los hombres.

Una ventana da al atardecer su brillo de pequeña cosa
iluminando donde hace falta.
Con este viejo cariño renovado ir cerrando palabras.
Mientras la ciudad se retira a su campo lentamente
bajo la influencia de la lluvia de este marzo.

La canción de la tierra es una ceiba
que piensa todo el tiempo en las nubes
la canción que espera es una plegaria.

El tiempo sigue renunciando a su permanencia
vaciándose a sí mismo en estas palabras,
pero sé que el fin de la vida es una música,
una melodía que celebra lo que dice,
naciendo en lo que depara el destino de una canción.

Otra vez ser el ave de paso sobre el mar,
otra vez ir de regreso mientras se dicen
algunas circunstancias del sol,
otra vez ser un aire liviano que recorre galerías
cruzando puentes que el mundo había olvidado.

Renace en la sutil constancia del canto,
ángel de la luz,
parte de una resonancia incesante.

El canto del día son los seres alumbrados
bajo la paciencia de un árbol,
el canto de la lluvia es la entrega de la tierra,
el canto del invierno es la pasión de una nube.
Todo canta por sus cuatro costados, todo piensa su parte de lluvia.

La luz más real es su pureza compartida.

Baldío deseo de morir la carne su ceniza,
la lluvia no espera nada y existe.

Hay una gaviota lejana hacia el ocaso
el vuelo exacto con un fondo de cielo.

Entonces el día se salva porque alguien canta
aunque el frío convoque a la ceniza.

¿Qué mejor plenitudes para el tiempo que pasa en un barco. ¿Qué mejor palabra una melodía donde reverdece el orden de este mundo.

Un pájaro canta en mitad de la tarde y la reinventa.

.

Mario Nandayapa nació en Chiapa de Corzo, Chiapas, México; el 19 de octubre de 1964. Es Licenciado en Letras Latinoamericanas, Doctor en Literatura, Periodista y Escritor. Ha dictado clases en varias universidades y ha coordinado numerosos talleres de poesía.
Ha publicado: Catedral del abismo [2004]; Cimbra la tierra [2003]; Ojos tristes color ámbar [2002]; Antología poética [2001]; Estar siempre de camino [2000]; Caluca [1999]; Más piedra cada instante [1998];¿Qué pájaro seré? [1997]; Nuestro Júbilo [1996]; Nandua [1995]; Llueve [1994]; Canoas [1993]; El mar es un Lago de Amor [1992].

 

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