s
s
s
s
s
s

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Lidia Ana Merio Hernndez
Nacionalidad:
Cuba
E-mail:
Biografia

Ante una mesa en la plaza

Ante una de esas turbulentas mesas
que hay en las plazas
donde los turistas, rumiantes de ciudad,
doran el tedio de sus tardes,
deambula un hombre pequeño.
Se sienta y pide, por favor, un café,
tamborilea sobre el mármol,
cuenta sus monedas,
sus pequeñas monedas de hombre pequeño
y respira la fragante paz de los atardeceres.

Radiantes manos alimentan las aves en la plaza,
al ritmo de alguna melodía
que le hace inhalar el crepúsculo,
rosa, violáceo, transparente.

Nuestro hombrecito bebe su café,
como quien degusta un tibio sol
en la honda noche de los inviernos
y es su letargo el de la alfalfa moribunda
en la dentellada de los rumiantes.

Al hombre que gravita en la piedra roja

Como en un cuadro de Pedro Pablo Oliva
este personaje gravita en su piedra,
una roja piedra frente a las tardes
del Paseo de la Paz.
A la escucha de una voz que trasciende las aguas
llegarán las noticias del hijo pródigo.
La espera es una ventajosa posición
para vender sus frutos
crecidos en la tierra que cosechó
debajo de las uñas.
Todo su garbo expuesto en la roca teñida
hace brotar la sangre que columpia,
colorea los muebles
y le mantiene en su pedestal.
Por la avenida regresan los obreros,
el viejo asiente a los saludos
con entusiasmo, ofrece el gesto
y su eterna, roja piedra
a las fugaces,
las curiosas,
las perennes miradas
frente a las tardes del Paseo de la Paz.


Apología de la nube

Una ciudad pierde el reflejo de su imagen
invertida en los celajes,
blanda masa que oscurece la roca
cuando el cielo revuelve sus crespos febrilmente.

Los árboles se levantan, escalera
por la que trazan su andar las calles
en acompasada armonía
como un reclamo al pausado avance de la nube,
la gris con todo el estruendo
lanza su furia a los ramajes,
la blanca, maravilla por donde gotean
derretidos animales y paisajes.

Una ciudad retuerce sus adoquines
porque ha perdido el camino de los vientos,
derramando una casa,
desierto de hogar
que disipa sus adoloridas paredes,
su cuerpo ebrio de invierno, tambaleante
en un río de hormigón y cal.

Pertinaces ladridos guardan
sus esquinas del temor a la luz
los colmillos desenfundan,
obstruyen el alud de la nube
que podría surcar con nuevas arborescencias
las murallas,
y aferrarse a esta ciudad en un abrazo,
a sus árboles,
a las piedras del hogar.

Y era la casa, el mar

Pancho Amat toca el tres
en la casa de mar que rompe su silueta contra la arena
y deja que la sal hurgue en el misterio de los maderos.
La noche se inclina sobre sus palmeras azules,
y azules son las palabras que le circundan,
y azul el agua varada en una pupila intemporal
y la hamaca desde la que aquella muchacha
alimenta en su mano a un viejo canario.

La casa y sus caminos a la luz de los crotos
se anunciaba desde el corazón de la caverna,
cristal de líquida roca
que no se sabe si es fondo o reflejo.

Atrás quedan el obelisco y la vieja carretera,
la vía más cercana para conducir
al incierto lugar de los astros.

Pancho Amat tocaba el tres
con el júbilo de la adolescencia
y el reto de la canción desbocándose
por los vericuetos de una moderna réplica
de la Hacienda Cortina.

Itinerario semanal

¿quién instaló la semana, quieta, indiferente al paso de las miradas extranjeras que cargan con frívolas imágenes coloreadas como figuras de atrezzo, con los escombros del árbol, la herencia de su tronco ancestral y el pretérito hospitalario de sus moradores?
Recorto los días, los separo igual que se limpia el arroz, desechando los granos oscuros y los que huyeron de la fiereza del molino para definirse con superior masculinidad. Imagino que alguna de estas jornadas adelanta en monotonía a las demás. Bajo el efecto de su lentitud vivo los actos con la parsimonia con que se repiten los movimientos del atleta bajo el ojo visor de la multitud que abuchea o aclama según el caso.
No hay límites más allá de los nombres o el afán por transgredir la sucesión equilibrada con que se relata el paso de las horas.


I

con las manos hirvientes,
acomodo la rutina de esta familia.
El domingo vuelve a tener
ese aroma común de los domingos.
La gente se apresta a sanar
sus pobrezas,
las cuelgan al sol para lucirlas
una y otra vez perfumándolas
con baratas colonias para usar
en la tarde vegetal o la mañana rosa.

Antes era una cola de caballo
con diáfanas cintas,
ahora es un parque
dispuesto en secciones y pájaros
aunque persista el polvo
y el afán por higienizar nuestras fibras,
de sazonar la hora en que anochece
con las especies del domingo.


II

el lunes es un residuo
de abundancias dominicales,
es un veterano que exhibe
sus harapos planchados,
de impecable azul.
Con una de sus voces cuenta
las bonanzas de aquel pan,
del traje de dril cien,
de la música en las glorietas
y las muchachas del Paseo.
El lunes tiene el rostro sepia
borrado de esas fotos
de bares y días festivos.

III

a las seis del martes
una muchacha dispersa su casto aliento
sobre los tejados.
La tarde es una aguada
con añoranza por la nieve,
un puente para saltar
a otra noche
y otro día
con una tarde que se le parezca,
y la misma muchacha
que quiere negar los retratos y germina
esparciendo sus augurios
como granos de lluvia,
como un tenue quejido
sobre la antigüedad de los tejados.


IV

ahora el futuro
pende de algún mensaje.
Coloco un nombre contra los cristales
y espero la cita.
Es necesario hacerse de esta fábula,
ignorar las señales en la madera
para creer que el fruto nacerá
de las nuevas paredes.
El miércoles ha enraizado
en nuestro techo,
solo es un cándido bulbo
que envía su primera nevada de cal.



V

san Juan, san Luis, san Cristóbal,
santo Domingo, santa Clara,
los invoco pausadamente,
deletreo estos nombres a ras de sus paisajes.
Atravieso la isla
bajo el milenario follaje
de la carretera central,
debo rescatar la oración de mis ancestros,
y sumergir la fiebre,
ahogarla al fondo de una botella.
Es lento el jueves por la lluvia
que apedrea de nuevo este viaje
hacia el centro del país.
Quiere salvarme el agua,
cualquier canto y las marinas
donde quedaran anclados
los infantiles ojos de mi abuela,
misioneros en la selva de extranjeras bestias.
Quiere salvarme el agua,
colmadas las vasijas que le pertenecen.


VI

has cosechado una postal de viernes,
goteando de la humedad de tus dedos.
Has trazado una línea recta
entre aquellas apuradas vidas
en dos tiempos,
cercenadas como los maderos
por las manos de un ebanista,
para ser este nuevo huerto
sobre el que se animan los verbos
de la cotidianidad.
Acercas el humo de los trazos
que se encienden hábilmente
para recuperar las lenguas perdidas,
finos garabatos,
recientes en el papel.

VII

la mañana del sábado
huele a detergente y perros recién bañados.
Una frase habitual repite la mujer
que desarma su casa
y la acerca al aluvión de los ríos.

La noche del sábado
olía a perfumes importados,
de exóticos aromas y apellidos.
El poblado exhibía su maquillaje,
sus tacones de parecer ciudad
aunque solo fuera un mínimo parque
expectante a las alabanzas,
a los alardes de incipientes caderas colegialas,
donde cabrían todos los sábados por venir.

VIII
¿no han anclado los meses su cuerno que antes fue banderín rasgando el infinito? A veces los corta el filo del invierno con esa navaja feliz que esperan anualmente los suicidas, a veces el agua desata sus cuerdas como una loca que canta en un banco anónimo y ríe sus incautos truenos, a veces la hojarasca estaciona sus murmullos a los pasos crujientes de algún atardecer cambiante, a veces el calor los diluye en el lodo del país, en la sangre repetida de los insectos.
A veces se desdibujan como se borran los caminos deshabitados del hombre y la tierra firme pierde sus orillas.

Biografía:
Lidia Ana Meriño Hernández
, [Pinar del Río, Cuba, 1968]. Poeta y narradora. Miembro de la UNEAC. Graduada de Licenciatura en Español y Literatura por la Universidad Pedagógica Rafael María de Mendive de Pinar del Río [1990]. Ha impartido la docencia en el nivel medio, así como talleres de creación y apreciación literaria. Ha publicado los siguientes títulos: Villa Lomita, Mención La Edad de Oro, 2000[Editorial CAUCE, 2002]; En el estanque azul, Premio Alcorta, 2002[Editorial CAUCE, 2003]; Lloviendo, Premio Regino Boti, 2004[Editorial El Mar y la Montaña, 2005]; Cuando el tiempo salió a paseo [Editorial Capiro, 2005] El camarón encantado. La vuelta al cuento infantil cubano en ochenta autores. [Antología del cuento infantil] [EDUCAT, Brasil, 2007], y El libro de todas las lunas [Editorial Capiro, 2007]. Varios de sus poemas para niños han sido musicalizados por diferentes autores. Textos suyos aparecen publicados en las revistas Cauce, Chinchila, El Mar y la Montaña, Matanzas, entre otras. Actualmente reside en la ciudad de Santa Clara donde se desempeña como coordinadora general de la Revista Umbral.

E-mail:
aristides@cenit.cult.cu

 

Desarrollado por: Asesorias Web
s
s
s
s
s
s