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Carlos Hugo Mercapide
Nacionalidad:
Argentina
E-mail:
Biografia
Leero
[Los das de Juan Castillo]

Burbujea el medioda, en la piel de los lagartos.

Como cuerdas los tendones
se prolongan en los brazos,
casi se arrancan del hueso
aguantando la barreta.
Sin querer sus ojos secos, buscan la de vino blanco.
Se para, mira a lo lejos
descarga un chorro en la tierra
y hace girar la botella,
la aprieta fuerte en la mano,
por un segundo a la vida
la siente junto al garguero, y en ese espasmo se queda.

El cielo se fue afilando, en los bordes de su cara.

Se refriega lentamente
la manga sobre la boca,
con los parpados cerrados
aguanta que el viento pase,
lo entierre un poco en la arena,
vaya buscando las bardas, y se encrespe en los neneos.

Un silbo se desvanece, volando por el silencio.
Repite el trago sin gestos
esta vez mirando el suelo,
fija la gorra en la frente.
La ilusin de eternidad
que lo moja por adentro, se fue cumpliendo en su espalda.
Escupe, palma con palma
se agacha y agazapado
grita enterrando la pala.
De golpe parte el hachazo
[es un brillo centellante]
que mata al algarrobillo,
justo en la firme raz, y en lo profundo de su alma.

Rebota la mano blanca, del sol entre los pedreros.

Desnudo

Ya me desvest frente a vos,
me lo pediste,
[me lo ordenaste].
Cuando era ese flaco que no aparece ahora si estoy ante el espejo.

Me mirabas sin sonrer, apretando los dientes,
me seguas de reojo.
Sacate todo, agregaste,
y tu cuerpo rept en la cama,
[en tu cama matrimonial].
Ven,
me dijiste despus.

El verano arda en el asfalto [era el 76],
vi pasar tu auto cero,
[pens, yo estaba en la parada del micro],
contaba monedas y quera interpretar Monte Chingolo.

Despus le tiraba los tejos a la Tana en la cursada de Fisio,
[ahora puedo declararlo,
ella me introdujo en el ejercicio del sexo endemoniado].
Tena los labios de la Cardinale,
y le costaba interpretar los limites del mediastino.
Un da [en la escalera] me dijo, me vuelvo a Baha,
Esto no me gusta nada.

[S, tenias razn, siempre ganan las pendejas]

Te olvid solo amontonando otras desdichas,
agregndote a ese vicio de callarme,
y observar en silencio.

Ahora, con este abdomen y mi pereza a cuestas,
Solo puedo adivinarte.
Tras esa niebla en la mirada,
en el pelo,
y esa ropa, disimulndote. [2007]

Once segundos

Ah en esa inmensidad, en la profunda lejana del desierto,
en este desierto que nunca tiene en cuenta nada,
que solo responde con silencio.
En el fondo de este ocano, en este fondo rocoso,
agitado por los vientos que le nacen y mueren transparentes.
Esa mancha roja se mueve.

El ruidoso automvil de mis sueos va lanzado en velocidad,
escupe ripio al avanzar [a ms de cien metros de altura],
escupe ripio y ruge.

Y en once segundos,
ya sin gobierno sobre el caucho,
golpea y espanta, golpea sin control la banquina [y la chapa suena].
Y en el brillo del desierto estalla el polvo,
y luego el movimiento rojo gira con la gracia de un martillazo los 360 grados,
y al arrastrar el duro hueso del chasis se parte, se quiebra,
crece el ruido, pero ya no se escucha el ruido.
Solo es esa nube de tierra que agita el fondo de este mar,
un fondo marino que se enturbia.
En silencio.

Y el movimiento se confunde,
confunde pero no al desierto que mira esperando, sin pasin,
hasta que terminan de llegar al suelo valijas despanzadas,
y ropa volando,
y con su paciencia las espera, las recibe.

Recibe una lluvia de trapos que termina, que se calma, que se agota cuando se cumplen los segundos,
los once.
Y caen flotando en el aire celeste del cielo,
con sus formas humanas,
y en once segundos se aquietan, se duermen,
sobre el fondo de este mar inanimado de roca y arena,
y se van acomodando,
como pueden,
como el viento las deja cubrir el desierto.

Hierros torcidos, pintura roja saltada y aceite regando la arena,
y en la hondura [en lo escarpado] el sonido del sol,
quema.

biografia:
Carlos Hugo Mercapide

Nac en Ingeniero Jacobacci [Ro Negro], soy mdico cirujano y escribo por que no puedo evitarlo.

carlosmercapide@speedy.com.ar

 

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