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Cecilia Silva Khoury
Nacionalidad:
Uruguay
E-mail:
Biografia

Cantos de la Sobrevivencia

Estoy sobreviviendo
Sobreviviente
De las horas
Sobrevividoras
De las últimas horas
Sobre todo estoy sobreviviendo
Sobre los peregrinos días afilados
Sobre el filo de los días enfilados

Estoy sobreviviendo
Sobre todo estoy viendo
Hasta aunque la zozobra
Aunque hasta la zozobra
Haciendo malabares en la cuerda tensa de los meses
En la calma equidistante de los mares
Equirreciprocidad
Paz
En las Edades
equis edades
Equisreciprocidades

[CSK de “Cantos de la Sobrevivencia”]

A ti, mi hermana.

Para ti, Raquel, mi hermana,
Que podrías llamarte Adriana.
Para ti, Raquel, mi amiga
Que conociste y conocías
El valor de la vida.

Para ti, Raquel, menguan las palabras,
y las flores son vanas.
Para ti esparcir poemas
Es y será levantar emblemas.

Digo Emblema y me inclino,
No digo consigna,
porque ya no hay en mí
[Poca lengua]
Honra de verbo para ti,
Ni la piedra ni el vidrio fenicio
Bastarán al homenaje que todos
Hombres y mujeres
Te debemos.
-Deberemos.

Casa siendo tomada

por Cecilia Silva Khoury



Homenaje al maestro Cortázar
[nacido en agosto de 1914-agosto de 2001]


Irene y yo, vivíamos en un edificio de apartamentos del que no puedo decir que sea moderno, ya que había pertenecido a nuestros ancestros desde su construcción. La gente del barrio, que se modernizó a pasos de gigante, incluso lo tenía por una especie de símbolo: la cuadra del edificio antiguo. Era como si siempre hubiera estado allí, como el suelo: nunca cambia de lugar.

De acuerdo a la construcción de la época, el edificio no era muy alto. No creíamos que hubiera que subir mucho para estar cerca de Dios. Mi abuela decía que era demasiada ambición y locura pretender tanto del suelo, tratar de aprovechar tanto el terreno hasta meterle cimientos que lo hicieran llorar. Decía que era desmesurada codicia perversa, igualable a intentar vender la ropa vieja o el pan de ayer, sabiendo que había gente descalza y hambrienta. A nosotros siempre nos pareció ridículo oír esas cosas de la abuela, pero la abuela venía de otra época.

Y en verdad las épocas cambiaron. Nos dimos cuenta cuando un nuevo propietario dijo que podía entrar cualquiera, y había que dejar bien cerrada la puerta de abajo, que antes siempre estaba abierta. Entonces se metieron cerraduras y se reforzaron los sistemas de combinación de las llaves.

La antigua estructura arquitectónica es la de aquellos edificios que tienen dos amplios apartamentos por planta. Así que en nuestro piso, igual que en todos, había dos apartamentos.
Irene y yo vivimos por años viendo cambiar a los habitantes de enfrente; nunca nos preocupamos de ellos, eran más o menos parientes, algunos francamente deliciosos, otros hablaban de pleitos familiares, pero nosotras estábamos en otra cosa.
Fue cuando Irene volvió de España con los niños, después del divorcio, y yo me entregué al rol de tía multitarea. Vinieron en patota: albañiles, carpinteros, herreros. Se instalaron enfrente y parecía que se venía el mundo abajo: estaban en obra. Un timbrazo estridente me perforó los oídos, y un señor muy apersonado dijo que disculpáramos las molestias, pero que estaban en obra. [Después nos enteramos que era extranjero, y no conocía mucho Buenos Aires].
La molestias no eran el polvillo ni el martilleo, sino verdaderos vendavales de tierra. Por cada una de cal, creo que iban dos o tres de arena. Parecía que moverían los cimientos, y yo, que siempre tuve más iniciativa que Irene, comenté algo con los vecinos. Todos decían que no era nada del otro mundo, que el problema era que ese apartamento había estado demasiado abandonado mucho tiempo.

No me sorprendí cuando perforaron la pared de la biblioteca, que es nuestra habitación lindera con el apartamento de al lado. Enseguida vino el señor muy apersonado a pedir disculpas y ofrecerse a reparar el daño, que luego mandaría al capataz, pero pidió primero ver la perforación. La verdad es que el boquete parecía un disparo de obús -no tengo idea como sería un disparo de obús, pero se leía en las novelas de antes, y realmente parecía un disparo de obús ver el boquete en el centro, y las grietas que convertían a la pared en una telaraña... pero lo peor, el estante de libros que nos tiraron abajo, y quedaron magullados: la Rayuela y el Bestiario, el Código Civil y el Penal de cuando Irene hacía Facultad, las Mil y una noches, la Commedia de Dante, un manojo de partituras que habían sido del tío abuelo compositor, orgullo de la familia, y que hoy nadie oía ni leía, y no sé cuántas cosas más en el improvisado cambalache de las caídas.

El señor no dijo nada sobre los libros porque no miraba el piso, miraba para todos lados y no tanto la pared perforada. En ese momento sentí que me estaba inspeccionando la casa, y me llamó la atención, porque una conoce las miradas de las mujeres, las amigas, la suegra, cuando vienen a “mirarte la casa”, pero la ojeada del señor era bien distinta.

A la semana saltamos del espanto al oír temblar el suelo: habían colocado una triple puerta blindada. También se veía mucha reja por todos lados, y nos llamó la atención porque
1- tantas ventanas no había
2- no se podía llegar a las ventanas que había por ningún lado

Se lo comenté a la vecina de arriba y me dijo que sí, mirá que pueden poner una escalerilla y bajar por la azotea. Mi vecina decía eso pero ella no tenía rejas. Y sabía bien que no había acceso ninguno a la azotea, porque al lado había casas bajas y los edificios de altura semejante estaban muy lejos.


El albañil que vino a revocar el boquete trajo cinco cajas de herramientas, y una especie de piqueta, que le dicen marrón, tan enorme que asustaba. Tenía un gorrito apretado y bien encasquetado y medio pucho semi apagado en la comisura derecha de los labios y le dije cuidado con el piso, atajando hacia abajo. Me contestó que solo era cosa de un rato. Esa mañana yo tenía que ir a la clínica más temprano para completar algunos informes, pero me dio una especie de aprensión dejarlo solo en casa. Como me dijo que era rápido, preferí esperar. Fui a calentar agua para el mate y de paso invitarlo con un café, y oí un estallido que me hizo salpicar el suelo y la ropa, y otro y otro hasta que la pava cayó sobre mi pie destrozándome el empeine izquierdo. Estaba derribando la pared.
-¿Pero qué hace? -le grité con espanto.
-Nada, señora, le estoy arreglando esto...
-¡Pero me está tirando abajo la pared!
-No, quedesé tranquila...
-Pero era un agujero, y ahora en ese hueco cabe un televisor!!!
-No es nada, señora, es que para que quede bien, siempre hay que picar un poco más. Esto le va a quedar como nuevo.

Al otro día, cuando fui a reclamar con el señor muy apersonado, me comunicó que el muro tenía ciertas fallas, pésima calidad de construcción, y que le admiraba que no se me hubiera caído encima esa pared y que seguro se me habían podrido los papeles con la humedad. [El señor estaba llamando “papeles” a mis libros]. La obra llevaría un poco más de lo previsto, ¿cuánto?, no mucho, pero cuánto?, un par de semanas, menos de un mes...

-Pero es un disparate de tiempo!, aseguré
-En ese caso puedo enviarle más gente para apurar.

Se lo agradecí. Al otro día, junto con el del pucho, vinieron dos más. Uno me miraba serio y sin hablar, y el otro parecía un bonachón bueno, del tipazo obrero veterano que se las sabe todas en encalar y dejar las cosas prolijas... me inspiró cierta confianza, y pensamos que en una semana a más tardar salíamos del problema.
Esa noche cuando volví, Irene me dijo: -Tomalo con calma, pero hubo que sacar todo de la biblioteca.
-¿Por qué???
-Necesitan más espacio para las herramientas, quieren hacer las cosas bien... hubo problemas con los chiquilines... Matías les tiró el mortero y mirá, se estropearon algunos cuantos libros... Terminaron tan tarde que se van a quedar a dormir acá para aprovechar y empezar de mañana bien temprano...

No quise ir a mirar, me fui a mi cuarto a cambiarme. Necesitaba una ducha y dormir. Pero habían cortado el agua.
Caí sin ducha como si hubiera tomado tres docenas de sedantes, y me sobresaltó la vocecita de Matías: -Tía, tía... -¿qué pasa? –me incorporé. Era de noche todavía, no se veía el resplandor del fondo del pasillo, o estaría por amanecer... –Es que mamá me mandó buscarte, porque uno de los tipos esos se metió en el cuarto nuestro...
Salté rauda y oí como unas voces que venían de la biblioteca, Pablito quizá discutiendo con alguien de voz hombruna.
Irene levantada y en bata me miraba con desconcierto.
-Está todo bien, intenté tranquilizarla sin saber qué pasaba.
En lo que alguna vez había sido una biblioteca y ahora era un campamento donde dormían el del pucho y el de la mirada fija [el bonachón se iba a dormir al apartamento de enfrente], Pablito increpaba subiendo la voz.
-Bueno, qué pasa acá.
Hice un gesto a los catorce años exaltados de mi sobrino, y miré al de la comisura caída.
-Hay una grieta –me dijo en tono fúnebre.
-¿Cómo?
-Esta noche nos avisaron que al lado hay una grieta.
-¿Y...?
-... que empieza en el apartamento de al lado y sigue hasta aquí. La estábamos siguiendo, puede ser una emergencia.
-¿Emergencia??? ¿Qué clase de emergencia para que entren en el cuarto de mis sobrinos a las 5 de la mañana?
-Puede ser peligroso.
-En ese caso, hay que llamar a la policía, supongo -dije rumbeando a otra sala con teléfono.
-No, la policía no tiene nada que ver con esto.
Irene en silencio asentía a todo lo que yo decía y abría los ojos frente al gesto inerte del hombre.
Les dije con el resto de dominio que aun mantenía, que por favor se retiraran y esperaran enfrente la llegada del capataz y del señor apersonado, con quien yo quería hablar YA para solucionar este tema.
-Nosotros no podemos movernos, señora. Tenemos orden, es nuestro trabajo.

El Administrador se deshizo en perdones y en que sin lugar a dudas en el mes entrante se realizaría la convocatoria a copropietarios con todo éxito.
Resultó que a los cinco días llegaron unos abogados con un oficial que labró un acta: de repente fue que éramos nosotros los responsables de la grieta por no haber sabido mantener el estado del piso.
-Pero si acá en casa nunca hubo problemas ni quejas de nadie...

Irene se tomó una licencia extraordinaria para llamar a abogados, jueces y cuanto jurista y leguleyo conocía de su época de facultad.
Las cosas se complicaron de manera impensable. El Administrador seguía asegurando que todo se resolvería en la siempre postergada asamblea de copropietarios.

Pero no fue Irene y su diligencia con los abogados, sino el nacimiento de la hija de Matías, años más tarde, lo que volvió a postergar provisoriamente nuestro desalojo. Hay que reconocer que la novia del muchacho, ahora ya esposa consumada, nunca nos gustó demasiado. Tenía sus rarezas. Prendía inciensos, hacía meditaciones... A la nena, por ejemplo, qué ocurrencia, le pusieron Palestina.

Nota: Este cuento fue compuesto en torno a la fecha citada en el epígrafe, como homenaje al escritor argentino Julio Cortázar.
Fue publicado en la colección de cuentos “Cuentogotas III”, Montevideo, 2003; Abrace ediciones; Bianchi editores.
La autora autoriza la reproducción total o parcial citando la referencia bibliográfica correspondiente.


Biografía:

Cecilia Silva Khoury
nace en Buenos Aires. Reside en Montevideo. Licenciada en Letras [Uruguay], postgrados en Literatura Francesa y Lingüística Aplicada [Argentina], ha ejercido el periodismo y la docencia a nivel medio y terciario. Ha editado narrativa, ensayo, teoría y crítica literaria en diversas publicaciones de Uruguay, Argentina, España y Francia entre otros.

cskhoury@adinet.com.uy

 

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